Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

La pérdida del ser y el quijotismo (V), P. Carlos Miguel Buela IVE

La pérdida del ser y el quijotismo (V)

[P. Carlos Miguel Buela IVE, “El Arte del Padre“, cap. 24]

carlos buela

II.3. La pérdida del ser y el «occidentalismo»

a. El nihilismo de Occidente

El proceso de la estupidez (que coincide con la antifilosofía [moderna] o filodoxa, con la anticultura y el nihilismo) significa un progresivo “oscurecimiento” de la inteligencia y ha comenzado en el siglo XVIII con la reducción del Ser (pérdida del límite) a la historicidad. Esto equivale a destacar el aspecto ontológicamente negativo de la historia la que, en verdad, ha comenzado con el tiempo de la existencia infinita. Sobre el acto originario y originante de la inteligencia del ser, asumido por el Verbo encarnado en la culminación del tiempo, ha nacido el Occidente: En Belén, “comienza de veras la nueva era; la historia del hombre y, con el hombre, de lo creado, retoma su punto culminante”[1]. Este es el fondo mismo de la tradición de Occidente: “Esta solidaridad originaria con el ser es nuestro existir histórico; y superhistórico porque, siendo infinito el ser que lo constituye, su cumplimiento está más allá de la historia, la trasciende”[2]. Solidaridad de la inteligencia con el Ser es, por eso mismo, solidaridad con el Ser Creador que quiere ser libremente amado por el ente inteligente, siempre tentado por la egoidad por odio que es su contradictorio y verdadero origen de las dos ciudades en el desarrollo de la historia[3]. Sin embargo, la pérdida del límite, proceso progresivo,  (o regresivo si se quiere) expresado en la “parábola” de la razón autosuficiente, termina en la razón hegeliana que es “la concepción de la razón más irracional e irrazonable que haya sido ‘imaginada’ jamás”[4]; vuelta fundamento de sí misma, este proceso no puede tener otro destino que la nada y la crisis del fundamento (que es ella misma); es decir, “del fundamento fundante del pensar y del obrar”[5]. Frente a esta crisis profundísima, sólo Rosmini propone el camino positivo de tener conciencia de la pérdida del límite y la necesidad de la recuperación del Ser [también lo hace Fabro y mucho mejor]; en cambio Nietzsche representa el camino negativo señalando coherentemente el nihilismo inevitable de Occidente[6]; por otras vías, Sciacca ha señalado también el cuasi desesperado testimonio de Kierkegaard y Unamuno: El primero, cuya “enfermedad”, “transferida al plano de la cristiandad de su tiempo, es como el exponente de la enfermedad que acomete la autenticidad de toda una sociedad que se dice cristiana y ya no lo es más”; desde este punto de vista, Kierkegaard constituye “la denuncia… del no-cristianismo de la cristiandad de su tiempo o del ‘fin de la cristiandad’”[7]. El segundo, el “hermano” español, es el testimonio, al proponer un nuevo quijotismo, de que Europa “ha perdido su alma por no haber permanecido fiel a sí misma”[8]. Unamuno, el “sentidor” de la Vida de don Quijote y Sancho, “captó con penetrante intuición… la desintegración de la civilización occidental de la que el cientificismo y el progresismo no eran (y no son) el remedio, sino el último estadio de su descomposición”[9]; de ahí que el trágico testimonio de Unamuno, formulado desde la situación española, “vale para Europa y para la humanidad”[10]. La pérdida progresiva del ser (nihilismo) significa, en el orden histórico, la conversión negativa del Occidente en el “occidentalismo” que es como la cáscara de Occidente, así como la “razón” inmanentista es como la cáscara del logos sin el ser.

El problema no tiene otra salida, pues la pérdida del ser significa la ruptura y el aniquilamiento de la única constante de Occidente, incluido el oriente ruso: el Cristianismo. Por eso, “en el momento en el cual tal constante no es más el alma propulsora y creadora de nueva cultura”, provoca “el deceso de la cultura occidental en cuanto tal”[11]; precisamente porque el Evangelio es la espina dorsal de Occidente, el laicismo iluminista se ve obligado “a formular nuevos evangelios” apócrifos, perentorios y dogmáticos[12]. Estos evangelios apócrifos tienen también necesidad de falsos profetas, todos productos de una cultura muerta. Este “espíritu” de la anticultura y de la estupidez, tiene gran poder de difusión; por eso adquieren especial valor los esfuerzos de los pensadores que luchan por la recuperación del Ser, aunque permanentemente marginados y exiliados por el “occidentalismo”; y también adquieren especial valor testimonios como el de Nietzsche cuya conciencia del nihilismo, sin embargo, por carecer del esfuerzo por la reconquista del Ser, desemboca en un pesimismo sin salida.

La historia misma de Occidente nos ayuda a comprender este trágico proceso porque la Hélade se corrompió en el “helenismo” y la Romanidad en el “romanismo”. Y esto es siempre así porque “es típico de las civilizaciones en vías de corrupción adulterar o renegar aquellos valores que se revelaron cuando eran creativas;… por el oscurecimiento de la inteligencia, o no los ven o, no consiguiendo más soportar la carga y la responsabilidad, los declinan como un peso oprimente e inútil”[13]. Empero, los síntomas de la enfermedad mortal son siempre los mismos: “la pérdida del ser y del logos, el oscurecimiento del pensamiento y el predominio de los intereses prácticos y mundanos” como, asimismo, la “escasa originalidad de pensamiento”, todo lo cual impulsa a proponer a la misma decadencia como progreso[14].

Así como la Helenidad decayó en el “helenismo”, la corrupción de la Romanidad comenzó con Tiberio: «Roma helenizada, “romanística” y no más romana, difundió con sus conquistas esta cultura y no aquella de la Hélade y de la Romanidad auténtica». Sin embargo, bajo Augusto, maduró el tiempo histórico, nació el Verbo Encarnado “y los valores de la Hélade y de la Romanidad renacieron en una nueva cultura creadora, la que va de Carlomagno al Renacimiento: el Occidente”[15]. Es decir, con Carlomagno, “inicia su camino la cultura occidental, resultante de la elaboración… de la cultura griega, romana, hebraica, germana, árabe”[16]. Sin embargo, los síntomas de la pérdida del ser y del logos, también afectaron al Occidente: el primer oscurecimiento de la inteligencia comenzó con el Iluminismo, se expresó políticamente con la Revolución Francesa y la independencia y Constitución de los Estados Unidos que prosiguió la secularización terrena de la potencia inglesa; la Europa del “occidentalismo”, dominada por la egoidad por odio, no ha exportado, en los últimos tiempos, los valores del alma de Occidente sino la estupidez y la anti-paideia: “nueva forma de colonialismo” sobre los llamados (por soberbia) países subdesarrollados que, después de todo, pueden significar buenos negocios y nuevos mercados. [Con mucha fuerza, Juan Pablo II, advirtió en África sobre: «las miasmas del laicismo occidental»[17]].

El “occidentalismo” del mundo moderno se autopresenta como el portador no del principio del saber (que es el Ser) sino del problema del método y entra en el mundo, junto con el Imperio Británico, de manos de Francis Bacon en quien “el paso de la hipótesis a la ley se realiza siempre por la experiencia sensible, y por ello la ley no puede tener jamás absolutez ni universalidad” conduciendo así al pensamiento a un inevitable escepticismo[18]; perdido el límite entre naturaleza y hombre y, sobre todo, perdido el ser y, con él, el saber y el ente, sólo resta nada; mientras Galileo renueva la tradición a la luz del ser sin rechazarla[19], ha triunfado el empirismo baconiano y comienza la marcha del “occidentalismo” hacia el nihilismo, la reducción del saber a la “ciencia”, de la filosofía a la “ideología”. Cedámosle la palabra a Sciacca: «el Occidentalismo en la forma liberal-capitalista “se estabiliza” y avanza hasta tener en los Estados Unidos de América -ya con la primera guerra mundial- su aceleración y, hoy, el leader del así llamado Occidente; penetra en Rusia con la Revolución de Octubre en la forma marxiana-anticapitalista, hasta hacer de la U.R.S.S. el leader de la revolución mundial por un mundo nuevo; pero, en un caso y en el otro con el “peso” de su materialismo, con su método de reducción de todos los valores al de la sociedad del bienestar y de la justicia social, hasta alcanzar un secularismo tan envilecedor y chato que no puede más llamarse ni siquiera “horizontal”. Y así también los valores del Oriente ruso propios de su tradición y de su siglo XVIII, encadenados por el zarismo, han sido perdidos por el Occidentalismo de importación que viene a ser una forma de Orientalismo, mientras que el europeo, primero con la ayuda y después con el aplastante predominio de los Estados Unidos, sepulta también los restos de Occidente y, con ellos, los “occidentales” supérstites… »[20]. Y así el “occidentalismo” viene a coincidir con el nihilismo extremo que pierde no sólo el ser sino la nada, porque se ha vuelto imposible hasta la reflexión sobre la misma nada. No se trata ya de la Nada en lugar del ser (una suerte de Nada ontologizada) sino de nada, no entificable, ni nadificable[21].

b. La tiranía tecnocrática

La lógica del ser es sustituida por la “lógica del poder” connatural al proceso iluminista-hegeliano-marxista en el cual la ciencia y la técnica son sustraídas al servicio del hombre (por la nivelación) y subordinadas a la eficiencia productiva creciente; de ahí que semejante sociedad que ya no admite autonomías espirituales, sea «intrínsecamente totalitaria y “democrática” sólo en las formas» porque también los totalitarismos pueden tener el sufragio de la mayoría[22]. De este modo, los dos totalitarismos se colocan bajo el ámbito del totalitarismo mayor de la tecnocracia, para el cual la “grandeza” es la miserable opulencia y su fin el bienestar; trátase de una satánica inversión del mismo concepto de bienestar (logrado por el trust de “cerebros” [Think tanks] privados de “mente”) que hace a los hombres esclavos del “nivel de vida”. Y como en semejante mundo la inteligencia del ser es un insoportable escándalo, odia la inteligencia como todas las tiranías.

La tecnocracia no admite las críticas de la inteligencia ni el pensamiento crítico (sustituido por la “investigación de equipo”); ni admite, en el fondo, diálogo alguno porque sólo lo admite en un sentido (a los que están dentro del “sistema”); para el verdadero opositor no hay espacio sino agresivo silencio, típico de la intransigencia dogmática “contra todo conocimiento que no tenga como origen la experiencia exterior y como resultado el cálculo en base de datos”[23]. La lectura (que hace pensar) es sustituida por la “civilización” de la imagen, por ese martillear estupidizante de imágenes que admite el “diálogo” en un solo sentido. Esta tiranía en verdad se avergüenza de la tradición de Occidente y lleva una ofensiva contra seis factores esenciales:

  1. Contra la autoridad en cuyo lugar vacío instaura una forma insidiosa de autoritarismo (al mismo tiempo que “habla” contra él);
  2. Contra el medio ambiente;
  3. Contra los sentimientos;
  4. Contra todo principio moral;
  5. Contra la fantasía; y
  6. Contra las mismas ideologías políticas en procura del poder sindical-industrial.[24]

Esta reducción de todo a sí misma, lleva a la tecnocracia, mediante la “programación racional”, a la destrucción del paisaje y el sentido de la naturaleza en manos de “técnicos” y de “expertos”[25]; ellos son, precisamente, quienes primero han hablado del problema de la “contaminación” (por ellos mismos provocada) sin advertir lo que Sciacca llama la “contaminación de las conciencias” que es su causa principal y verdadera; por eso, “el aire puro ya no existirá más, si no purificamos nuestras conciencias, porque no se remueve el efecto (la contaminación del ambiente) sin quitar la causa que lo produce; y los daños del alma no se reparan con instrumentos técnicos”[26].

Pero no sólo hemos de sufrir la destrucción del hábitat natural sino del hábitat urbano (“todos juntos y cada uno cerrado en su aislamiento”) y del hábitat político-social; a la “desteologización” es paralela la “despolitización”: una política sin políticos que piensen ni pensadores que piensen la política cuya “democraticidad” funciona así: los planes previstos, elaborados y realizados con criterio tecnocrático, el único que tiene el poder de decisión: después, persuadir con la propaganda y la publicidad a las “masas” trabajadoras y consumidoras; por último, operada la persuasión, someter los planes a la consulta “democrática que da el ‘consenso’”[27]. Todo queda, así, integrado en el sistema: la educación “democratizada” (está ya prevista la máquina de aprender), la confusión del lenguaje como signo de la pérdida del ejercicio de pensar[28] y, por fin, la Organización mundial tecnológica, la gran tiranía totalitaria, por encima del comunismo, del liberalismo y de la Iglesia pensada como un Cristianismo sin fe ni sentido de lo sobrenatural.

La anticultura, la estupidez, el “occidentalismo” y sus vertientes: el nihilismo y la tiranía tecnocrática, son signos de la civilización corrompida y, como tal, hedonística “en sentido orgiástico, mágico, pseudo-profético y pseudo místico”; inversión de la contemplación, tanto la orgía como la pornografía son “construcciones cerebrales” que proponen un falso retorno al hombre primitivo[29]. En realidad, el erotismo y la pornografía, constituyen la corrupción de la sexualidad y Marx y Freud, expresiones del “occidentalismo”, están bien acompañados por el Marqués De Sade; poco a poco la lucha dialéctica entre burguesía y proletariado es subordinada al conflicto entre “moral represiva” y “libertad sexual”; por tanto, la fidelidad, abstinencia, el pudor, no son valores sino “tabú” y “una habitación tranquila y confortable y anticonceptivos a mano, bastan para la felicidad de una pareja” cuyo ideal ético no va más allá de la “moral americana” o de la “moral sueca”.[30] Tal es la impiedad cultural que vanamente busca el significado habiendo, primero, perdido el significante que es el Ser reducido a nada; aprémiale abolir el privilegio del pensamiento y de la cultura, declara la guerra a la inteligencia y así, todos “igualados” en el nivel del “experto” y del “técnico”, “sin exprimirse la cabeza pero rellenándose el cerebro de cálculos y métodos, pueden aspirar a un puesto en la bahía de Houston…”[31] La impiedad cultural es, pues, el más terrible totalitarismo como expresión de la nadificación del Ser.

La impiedad cultural de la Organización tecnocrática supone, también, la impiedad religiosa porque esa Organización es considerada como el fin de todas las religiones; en el fondo, “realización terrestre de las promesas mesiánicas”[32]. En semejante sociedad sólo cabe un “cristianismo” mundano, “nuevo” y, sobre todo, deshelenizado, puesto que la existencia de Dios trascendente no es problema cristiano sino griego; Dios ha muerto con Cristo y, por eso, el Cristianismo se “libera de Dios”[33]; más aun; esta caída de la vertical de la Iglesia incluye la desromanización del Cristianismo (muerte de la “Iglesia”-institución) y así puede la Iglesia dirigirse a la edificación de Babilonia, la sociedad impía[34]. En el primer caso, «un Cristianismo “deshelenizado” es un Cristianismo que ha renunciado al logos o al lumen natural de la verdad y, con ello, al ser y, por tanto, le es imposible acoger a Cristo como Logos sobrenatural» [35]. Sin metafísica del ser (sin logos) no es posible elaborar la teología dogmática, ni siquiera la teología positiva y se desnaturaliza la teología bíblica[36]. Tal es, pues, el primer cuadro de la impiedad religiosa que supone la pérdida del ser y, por ello, la pérdida del respeto (piedad) por todo; dicho de otro modo, la impiedad es “la ausencia de respeto por toda cosa, institución y valor”[37]. Se impone así el espíritu del mundo como mundo.

De ahí que este inmenso totalitarismo tecnocrático, en relación con la Iglesia, propugna, primero, la integración de la Iglesia a la sociedad tecnocrática en el horizonte compartido de una sociedad del bienestar, realizando así perfectamente “la ‘continuidad’ iluminista y neo-iluminista entre liberalismo, comunismo y modernismo”; en segundo lugar, la desnaturalización del Concilio Vaticano II para “impedir el despertar de la fe dentro de la sociedad del bienestar”[38]. Ambos propósitos manifiestan (¡por fin!) la “madurez”, el estado “adulto” del cristiano, que se ha convertido en “colaborador activo del sistema materialista-tecnocrático”; y como esta sociedad es impía y a-religiosa, seamos “adultos” e interpretemos el Cristianismo de modo que sea aceptable a semejante sociedad[39]. Estos nuevos discípulos de Saint-Simon (entre ellos Obispos y Cardenales) parecen haber olvidado que, ante todo, la Iglesia tiene necesidad de fe y de plegaria, de recogimiento y de silencio, “no de asambleas…, mucho menos de la prosopopeía de eclesiásticos y cardenales que se prodigan despilfarrándose en conferencia de prensa y entrevistas televisivas, en la redacción repetida y perfeccionada de la carta magna del progresismo católico mundial”[40]. Como dice el sabio refrán castellano: “al que le caiga el sayo que se lo ponga”. [«Luego llegaron doce pajes con el maestresala, para llevarle a comer, que ya los señores le aguardaban. Le tomaron en medio, y, lleno de pompa y majestad, le llevaron a otra sala, donde estaba puesta una rica mesa con solos cuatro servicios. La duquesa y el duque salieron a la puerta de la sala a recibirle, y con ellos un grave eclesiástico, de estos que gobiernan las casas de los príncipes; de estos que, como no nacen príncipes, no aciertan a enseñar cómo lo han de ser los que lo son; de estos que quieren que la grandeza de los grandes se mida con la estrechez de sus ánimos; de estos que, queriendo mostrar a los que ellos gobiernan a ser limitados, les hacen ser miserables; de estos tales, digo que debía de ser el grave religioso que con los duques salió a recibir a don Quijote»[41]].

Todo lo cual manifiesta, hoy más que nunca, la intensa necesidad de la plegaria contemplativa y del ecumenismo auténtico (no del “acomodamiento” de la impiedad religiosa), frente  a la creciente invasión del neocapitalismo y el comunismo que convergen en una “sociedad universal tecnológica”; es, pues, menester, desintegrar “el sistema de la estupidez y el nihilismo” por el re-descubrimiento del ser que permite la vuelta del logos y el sentido del límite: «La disolución del Occidentalismo es una empresa de la humanidad, pero las semillas son católicas: y bastan solamente doce (apóstoles): de la cualidad de “aquellos”, aunque otro Matías deberá sustituir a otro Judas Iscariote».

Fr. Carlos buela


[1] La case del pane, p. 22.

[2] Gli arieti contro la verticale, p. 38.

[3] M. F. Sciacca, Ontologia triadica e trinitaria, Opere Complete, vol. 36, Marzorati, Milano 1972, p. 80.

[4] M. F. Sciacca, “I due idealismi”, en Studi sulla filosofia moderna, p. 32.

[5] Ibídem, p. 34-35.

[6] L’oscuramento dell’intelligenza, p. 93.

[7] L’estetismo. Kierkegaard. Pirandello, p. 186-187; Il magnifico oggi, p. 24.

[8] M. F. Sciacca, Il chisciottismo tragico di Unamuno, Opere Complete, vol. 33, 1971, p. 44.

[9] Ibídem, p. 61.

[10] Ibídem, p. 40.

[11] Il magnifico oggi, p. 242.

[12] Ibídem, p. 243.

[13] L’oscuramento dell’intelligenza, p. 101.

[14] Ibídem, p. 102 y nota 6 al pie.

[15] Ibídem, p. 103-104.

[16] Il magnifico oggi, p. 255.

[17] Juan Pablo II, Discurso a los Obispos de Costa de Marfil, n. 2, 11/05/1980, L’O.R. 1/06/1980, p.10; Insegnamenti, II,1 (1980) p. 1333.

[18] M. F. Sciacca, Historia de la filosofía, traducción A. Muñoz Alonso, Miracle, Barcelona 21954, p. 312.

[19] L’oscuramento dell’intelligenza, p. 112.

[20] Ibídem, p. 120.

[21] Ibídem, p. 124.

[22] Ibídem, p. 128.

[23] Ibídem, p. 132.

[24] Ibídem, p. 135 [Nosotros numeramos].

[25] Ibídem, p. 137-139.

[26] Il magnifico oggi, p. 83 y 84.

[27] L’oscuramento dell’intelligenza, p. 142.

[28] Il magnifico oggi, p. 13-16.

[29] L’oscuramento dell’intelligenza, p. 143-154.

[30] O.c., p. 156, 159-160.

[31] O.c., p. 169.

[32] Ibídem, p. 178.

[33] Gli arieti contro la verticale, p. 80.

[34] Ibídem, p. 83-84.

[35] Ibídem, p. 180.

[36] Prospettiva sulla metafisica di S. Tommaso, Opere Complete, Vol. 40, Città Nuova, Roma 1975, p. 44.

[37] Il magnifico oggi, p. 18.

[38] L’oscuramneto dell’intelligenza, p. 179.

[39] Ibídem, p. 182,184.

[40] Ibídem, p. 198.

[41] Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Alianza Ed., Madrid 1998, II parte, p. 1083-1084.

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