Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

Santo Tomas frente al desafío del pensamiento moderno (6), por Cornelio Fabro 

[Capítulo I, Santo Tomás frente al desafío del pensamiento moderno (6), Las razones del Tomismo (EUNSA 1980, 15-45)].

cornelio Fabro

Tomismo y Escolástica

Pero esto no es todo, nos parece: queda aún el reverso de la medalla, el lado objetivo, es decir, las deficiencias reales de la Escolástica y del mismo tomismo histórico. De hecho, y antes que nada, ¿qué filosofía (y teología) se ha enseñado en muchos seminarios y tal vez también en no pocos institutos universitarios superiores? Una doctrina ecléctica e incolora, hecha de tesis y de definiciones abstractas, sin problemática y sin garra alguna: en las grandes universidades medievales, todo se resumía en polémicas y controversias, escuela contra escuela…  (¡incluso demasiado!).

¿Qué fuerza y convicción se puede esperar de una formación semejante? No hay que maravillarse, pues, de que por todas partes rezume un malhumor, un sentido claro de insatisfacción y que a los manuales áridos y rancios, presentados por profesores a menudo ineptos y aun ellos poco convencidos, se prefiera una literatura más ágil y moderna, de mayor rendimiento (¡parece!) y de menos esfuerzo (esto es cierto). Los Pontífices, que han patrocinado el tomismo, han insistido repetidamente en la distinción entre la doctrina propia del Angélico y la de una escolástica genérica, pero siempre con escaso, es más, escasísimo fruto: y esto cuando, en un sentido diametralmente opuesto, no se aprovecha para reivindicar, con la misma medida del tomismo, el derecho de ser aceptados todos los aspectos de la escolástica.

Pero no seríamos objetivos y ecuánimes si habláramos solo de las carencias especulativas de la escolástica antitomista, juzgada ya por la historia: hay que reconocer que incluso el tomismo, la misma escuela tomista, no está libre de ellas. No tenemos por desgracia aún una historia crítica del tomismo, de su desarrollo, de sus crisis y de sus diversas vicisitudes: según nuestro punto de vista no será posible, o será por lo menos precaria y difícil, una auténtica renovación del tomismo, mientras no se haga un poco de luz sobre no pocos aspectos oscuros de esta historia y no se logre separar el grano del tomismo esencial de la excesiva paja infiltrada en los largos siglos de la escuela. Importantes cambios de terminología, choques doctrinales debidos a intemperancias o a ingenuas polémicas, voluntad de sistema buscada a todo coste y complicadas superposiciones racionalistas de desacreditada evidencia, tenían que desembocar con el tiempo en una denuncia, por parte de quien no conoce a Santo Tomás, que es aventurado condenar en bloque, y debía constituir, en cambio, una llamada de clarificación, es decir, de neta distinción entre las posiciones y posturas tomadas por la escuela tomista en la historia y el pensamiento auténtico de Santo Tomás. Hablando sobre todo de filosofía, tenemos el pleno derecho de pedir esta distinción y clarificación: a menudo se trata de una «diferencia modal» que no llega a afectar el fondo de los problemas, pero no faltan patinazos que afectan al fondo último, de lo cual las mismas figuras más representativas y más conocidas del tomismo no se ven libres y tal vez son los mayores responsables. Algo se mueve desde hace algún tiempo en este campo, pero ayudará a todos acelerar los tiempos, ya que se ha perdido demasiado tiempo con los frutos que conocemos. ¿Se tendrá verdaderamente la valentía, también aquí, de poner el dedo en la llaga? Ya que no es verdad, como pretende Juan de Santo Tomás, que el primer criterio para comprender el pensamiento del Angélico sea la fidelidad a la escuela, pues es precisamente el mismo Santo Tomás quien nos enseña que en filosofía el criterio de autoridad ocupa el último lugar. El verdadero y principal fiador del pensamiento de Santo Tomás es el mismo Santo Tomás con sus escritos auténticos, estudiados a la luz de la crítica histórica y en relación con la problemática del tiempo y de las fuentes directas o indirectas en las que Santo Tomás se inspira. Tiene todo esto una importancia capital e incomparablemente superior –para descubrir su pensamiento auténtico– a todo lo que puedan haber dicho sus más grandes comentaristas cuando, como se puede demostrar, se muestran desprovistos de los criterios indispensables para la lectura y comprensión de cualquier clásico. Puede pues, suceder, y volveremos sobre ello, que haya sido precisamente la «Escuela» uno de los mayores obstáculos para la comprensión del tomismo: es una paradoja, pero no es la primera ni la única en la vida del espíritu.

Nos parece que hay más todavía en esta barrera que obstaculiza la aceptación del tomismo como orientación especulativa propuesta por el magisterio eclesiástico: es el mismo Santo Tomás el que puede ser obstáculo, con los límites y defectos que presenta su obra que, a pesar de su reconocida grandeza, no podía dejar de tener las limitaciones de toda obra humana. El asunto merece ser tratado con mucha serenidad y objetividad, en un momento más conveniente y con los medios más oportunos. Notemos solamente algunos aspectos, tal y como se nos ocurren ahora en la larga y atenta consideración de sus obras: tal vez no son los más importantes, pero pueden servir para orientar en la investigación. Primeramente, por lo que se refiere a la terminología, Santo Tomás usa de una libertad exuberante: raramente procede por tesis rígidas o con términos fijos una vez para siempre, sino que se sumerge en los «problemas» con toda la energía creativa de su espíritu. Así pues los términos vienen traídos y llevados por la fuerza de la idea y pueden cambiar de vez en cuando, o tomar matices nuevos que pueden variar completamente la orientación del mismo problema. Solamente lectores muy sensibles y atentos pueden caer en la cuenta de ello, y dedicarse con verdadero interés al estudio de los textos en el avanzar de los años en la vida del Doctor Angélico, reviviendo así su admirable drama espiritual; los demás prefieren el camino más fácil de la terminología genérica e incolora. Véase, por vía de ejemplo, la variedad de significados (que ningún tomista ha clasificado aún) que tiene en las obras de Santo Tomás el término esse: y sin embargo entre todos ellos hay uno bien definido y que constituye el eje especulativo de todo su pensamiento. En cambio, la tradición tomista que llega impertérrita hasta nuestros días (y con personalidades de mucho renombre) ha sustituido alegremente un término tan significativo por el otro, insípido, de existentia, con la consecuencia, como diremos dentro de poco, de haber perdido el eje central especulativo del tomismo.

Además, cuando Santo Tomás modifica o cambia una opinión anterior raramente lo dice: y esto también puede originar incomprensiones y confusiones. Finalmente, y esto nos parece particularmente grave e importante a la vez, existe todo el problema de la relación de Santo Tomás con las fuentes: el Angélico fue un incansable buscador de textos originales, como lo atestiguan entre otros sus comentarios a Boecio, al Pseudo Dionisio, al De Causis y, sobre todo, el comentario a Aristóteles. Pero hay que reconocer también que, a menudo, el sentido que él encuentra en estos autores es total y solamente suyo, fruto de su perspicacia y de la agudeza de su ingenio y, por tanto, nuevo: así, para referirnos al ejemplo propuesto, él aplica su concepto de esse a Boecio, a Dionisio, al De Causis y al mismo Aristóteles, mientras en realidad se trata de una conquista personal que le lleva precisamente a la gran matriz especulativa de Parménides, como y más aún de Hegel y de Heidegger. La observación vale sobre todo por lo que se refiere a sus relaciones con Aristóteles, que nadie podrá soñar negarlas, pero de cuyo verdadero valor queda mucho por hablar. De hecho, o bien Santo Tomás no ha sido consciente de la efectiva originalidad de su propio pensamiento en relación con Aristóteles, o bien por humildad o por otras razones nos lo ha querido ocultar; dando esto origen al slogan del aristotelismo tomista cuando en realidad se debería hablar de tomismo y basta. Santo Tomás está cerca de Aristóteles, como Hegel de Kant: no más, tal vez menos. Solamente que Hegel, tanto en la Fenomenología como en la Enciclopedia, empieza con la crítica de Kant; ¡ojalá lo hubiera hecho también Santo Tomás con Aristóteles!

He ahí pues, algunos elementos que no nos parecen del todo inadecuados para orientar lo que podría constituir el espíritu del «tomismo del futuro», del «tomismo esencial», recomendado por la Iglesia, pero que hasta ahora no ha sido comprendido por los adversarios y poco realizado por los mismos defensores y discípulos.

Por esto confesamos ingenuamente que, en el plano pragmático esencial, la situación no se presenta ni mucho menos de color de rosa para el futuro del tomismo y acabamos de señalar algunos motivos graves y preocupantes que ejercen sobre las masas no preparadas una fácil y decisiva sugestión. Sí, podemos (y debemos) admitir que las cosas, por lo que se refiere al tomismo, desde la publicación de la Aeterni Patris (el 4 de agosto de 1879) hasta hoy, no han ido como debían ir y como los Papas esperaban. Pero no se puede afirmar que se haya perdido todo y que por lo mismo causa Tomismi acta est. Las deficiencias reales de la escuela tomista y las admisibles (y admitidas) del mismo tomismo no pueden disminuir y mucho menos extinguir la luz de verdad eterna descubierta por Santo Tomás y articulada en las líneas maestras de su pensamiento. Es este uno de los valores más profundos de la humanidad. Se dice a propósito que el tiempo es de tal manera honrado que, en la irrefrenable obra de erosión de la historia, hace que puedan sobrevivir solamente las conquistas esenciales, que sobresalgan solamente los picos y las cumbres de los montes elevados.

Entre estos figura ciertamente Santo Tomás, no menos que Parménides, Demócrito, Heráclito, Platón, Aristóteles, Plotino, Proclo, Agustín, el Pseudo Dionisio, Boecio… llegando a Spinoza, Leibniz, Kant, Hegel: como pensador su puesto está con ellos. Se lo reconocen también los historiadores modernos sin prejuicios, mucho más abiertos a este respecto que muchos otros historiadores de inspiración católica, pero influenciados negativamente por la situación de confusión antes indicada[1].

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[1] Escritores actuales sin ningún prejuicio, como por ejemplo W. Kaufmann, Critique of Religion and Philosophy, New York, 1961 y A. Kostler, The Act of Creation, New York, 1964, no tienen dificultad en reconocerlo, como muchos otros antes que ellos.

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