Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

Santo Tomas frente al desafío del pensamiento moderno (7), por Cornelio Fabro

[Capítulo I, Santo Tomás frente al desafío del pensamiento moderno (7), Las razones del Tomismo (EUNSA 1980, 15-45). Última parte].

Fabro

Hacia un tomismo esencial

Un «tomismo esencial» trasciende cualquier sistema cerrado o «figura histórica» particular, comprendiendo también la de Santo Tomás en los puntos en los que ésta está sometida a los límites de la cultura de su tiempo; con mayor razón éste debe incluso superar el límite histórico del «sistema» de su Escuela, siempre que ésta hubiera desviado en algunos aspectos el centro específico del tomismo originario, o fuera de alguna manera un obstáculo para el camino natural del pensamiento, o escondiera o velara el horizonte ilimitado de la libertad.

Un tomismo esencial, además, debe saber no solo insertarse en la problemática de la cultura moderna, sino sobre todo debe poder interpretar desde lo más profundo las nuevas exigencias de libertad: para esto debe dar mayor importancia a la subjetividad constitutiva en el sentido nuevo que ésta ha tomado –enteramente de acuerdo con la concepción tomista del sujeto espiritual libre– como característica fundamental de la vida del espíritu, a diferencia de la subjetividad trascendental negativa o negativizante de la filosofía moderna.

Un tomismo esencial debe, finalmente, profundizar en el «problema del comienzo» del pensamiento, mediante la percepción originaria del ens, y conducir con valentía su itinerario especulativo al interior de la dialéctica de esencia y de acto de esse, de modo que muestre cada vez más que es en esta tensión donde se propone y se desarrolla la exigencia propia del pensamiento, en la concreción y plenitud última del esse, de manera que en esta referencia todo problema puede tener su sentido definitivo y el propio locus theoreticus. Tal referencia al esse,que entrevieron y descubrieron en páginas autorizadas Fichte, Schelling y especialmente Hegel… ha sido después intensa, aunque vagamente, deseada por Heidegger[1]; pero aquí sin posibilidad de éxito, pues en virtud del principio de inmanencia el ser conduce y se fundamenta en la nada y en el continuo fluir del acto de conciencia –mientras Santo Tomás considera que el ente conduce al esse, que es el acto de todo acto, y el esse participado conduce al Esse por esencia que es Dios, Causa primera de Todo.

Así pues, la elección de Santo Tomás no tiene carácter personal o confesional, sino universal y trascendental, puesto que quiere ser la expresión más vigorosa de las posibilidades de la razón en su quehacer de fundamentación de la ciencia y de la fe. No es éste el lugar para indicar las formas concretas de actuación de este tomismo, a lo cual deberán dedicarse los estudiosos del próximo futuro, como sinceramente deseamos. De todas maneras, debe quedar claro que la esencialidad de que se habla significa intensidad de problemática, profundización de principios, clarificación de las diferencias… antes que nada en relación a la dialéctica moderna de la inmanencia que, en su principio inspirador más profundo cual es la subjetividad trascendental, ha conducido la filosofía a la muerte, precipitándola en el abismo del activismo puro, es decir, de la nada; después, o mejor, antes que nada, respecto a la escolástica formalista, que ha preparado y provocado con su vaciedad y carencia especulativa la llegada del pensamiento moderno.

Tal dependencia del pensamiento moderno por parte de la escolástica decadente ha sido afirmada con insistencia incluso recientemente: la escolástica de la era barroca está de hecho en parte conectada con las escuelas nominalistas de los siglos XIV y XV, cuya caída en el formalismo y en el fideísmo absolutos se trata en vano de frenar. No por nada los grandes filósofos del racionalismo desde Descartes a Spinoza, a Leibniz, hasta Wolff, y más aún hasta Schopenhauer y el mismo Heidegger… tenían a mano los tomos de los escolásticos de renombre como Toledo, Pereira, Fonseca, Suárez y los Conimbricenses… : se ha puesto de relieve que la restauración de la llamada «segunda escolástica», debida sobre todo a los escritores españoles indicados, está en estrecha conexión con le ocasionalismo de Arnauld, de Geulinx, Louis de la Forges, de Io. Clauberg y G. de Cordemoy. Una historiografía más atenta al significado de las diferencias de fondo, no tendría dificultad en poner de relieve que el pensamiento moderno probablemente no se habría desencadenado, o por lo menos no lo habría hecho con aquella fuerza irrefrenable, si el campo del pensamiento no hubiera estado minado anteriormente: «En fait, de 1550 à 1650, un lien étroit unit les scholastiques espagnols à ce que nous avons appelé l’esprit de la philosophie moderne». Así J. Ferrater Mora, que señala con agudeza y por contraposición el núcleo teórico del tomismo, como solución del problema de estructura del finito, en la distinción de esencia y de esse: «Sans remonter aux Grecs, rappelons que Saint Thomas d’Aquin tenta de la résoudre nettement et harmonieusement par l’affirmation d’une distinctio realis». Y termina con una conclusión tan prudente que haría honor a un experto tomista: «Bien que la crainte de l’avicennisme entraîne certains auteurs à diminuer l’importance de cette thèse dans la philosophie de Saint Thomas, il semble que l’œuvre du «Docteur Angélique» n’est pleinement compréhensible qu’à la lumière d’une distinctio realis modérée»[2].

Este juicio o balance vale sobre todo para la filosofía escolástica en la orientación ecléctica, que llegó a ser predominante y se granjeó la mayor aceptación en las escuelas católicas hasta provocar los fenómenos de erosión en la misma escuela tomista; hasta tal punto que el Maestro General de los dominicos, De Boxadors, consideró necesario en el siglo XVIII hacer una llamada a la Orden a una mayor fidelidad en relación con la doctrina del Maestro Angélico. Este juicio negativo no se refiere obviamente a la teología, que, no obstante la diversidad de sistemas, logró levantarse, lo mismo en la dogmática doctrinal que en la mística, a alturas y progresos de indudable grandeza que tuvo su colofón en la obra y en los decretos dogmáticos del Concilio de Trento.

Un «tomismo esencial» comporta pues un juicio activo sobre el pensamiento humano y cristiano en general y sobre el mismo tomismo en relación con el pensamiento moderno. Una mera «repetición pasiva» del pensamiento de Santo Tomás nos llevaría de nuevo (pero, ¿lo haría de verdad?) al siglo XIII, y sin embargo la historia no vuelve nunca atrás y es tarea de todo hombre de ciencia el meterse en los problemas y en las necesidades del propio tiempo, como el Aquinate lo hizo en el suyo. Frente a la filosofía moderna, que ha provocado y afirmado el fracaso del pensamiento como lugar teórico, del cual sin embargo había surgido con el impulso del pensamiento griego, la ciencia y la civilización de Occidente, el tomismo puede y debe demostrar cómo, de la primacía de fundamentación que compete al ser por encima del pensar, la razón es siempre capaz de moverse en lo real según la apertura ilimitada de sus posibilidades, hasta el punto de conducir al fundamento de la vida del espíritu los caminos inagotables que el hombre prueba sin parar en el arte, en la ciencia, en la técnica, en las disciplinas teóricas, jurídicas, económicas y también en los análisis de estructuración de la conciencia ética, religiosa y política. No se trata tanto –si se quiere lograr una confrontación dinámica y constructiva con el pensamiento moderno– de un tomismo de tesis estáticas y rígidas que imponen un sistema, cuanto de un tomismo de profundización en los principios, presente en las situaciones de la historia y abierto básicamente a todas las conquistas válidas de análisis y de método de la ciencia y de la cultura modernas.

En los siete siglos que nos separan de la muerte de Santo Tomás, propulsor intrépido del valor del pensamiento y de la dignidad del espíritu humano, el mundo ha cambiado muchas veces su aspecto exterior e interior y se encuentra ahora en dificultad para una transformación que será tal vez la más decisiva y resolutiva de su historia. Hay que afrontarla con un concepto altísimo de la dignidad del hombre y con una firme convicción de las posibilidades de su mente, a la que se ha confiado antes que nada el deber de descubrir en la naturaleza los signos de la Inteligencia suprema y de reconocer en la historia los trazos del plan divino de salvación, por la redención del mal y la victoria sobre la muerte.

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[1] Hay que mencionar sobre todo los escritos post-bélicos, a partir de la Brief über Humanismus de 1947, hasta el monumental Nietzsche de 1961 (especialmente Bd. II, pp. 399ss.).

[2] J. Ferrater Mora, Suarez et la philosophie moderne, en «Revue de métaph. et de morale», 1963, pp. 66ss.

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