Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

Santo Tomás sobre la pasión de Cristo (I)

CREDO, ARTÍCULO 4

Padeció bajo Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado

TOMAS DE AQUINO

Como es necesario que el cristiano crea en la encarnación del Hijo de Dios, así también es necesario que crea en su pasión y muerte. Porque, como dice S. Gregorio: No nos aprovecharía nada el haber nacido, si no nos hubiese aprovechado el ser redimidos”. Mas esto, que Cristo haya muerto por nosotros, es tan arduo (o incomprensible), que apenas lo puede captar nuestro entendimiento; más aún, no cae de ningún modo en nuestro entendimiento. Y esto es lo que dice el Apóstol en Hch 13,41 citando a los profetas, en concreto a Habacuc en el pasaje que sigue:Hago una obra en vuestros días, tal que no la creeréis si alguien os la contare; y en Hab 1,5: Ha tenido lugar en vuestros días una obra que nadie la creerá cuando se narre. Tan grande es la gracia de Dios y su amor a nosotros que hizo a favor nuestro más de lo que podemos entender.

Sin embargo no debemos creer que Cristo de tal modo sufrió la muerte, que muriera su divinidad, sino que murió su naturaleza humana. Pues no murió en cuanto era Dios, sino en cuanto que era hombre. Y esto es claro por tres ejemplos.

Uno está en nosotros mismos. Pues es evidente que cuando muere una persona por la separación del alma y del cuerpo, no muere el alma, sino el cuerpo mismo o la carne. Así también en la muerte de Cristo no murió la divinidad, sino la naturaleza humana.

Pero si los judíos no mataron a la divinidad, parece que no pecaron más que si hubiesen asesinado a otro hombre cualquiera. A esto hay que decir que, si el rey estuviese vestido con un traje y alguno manchase ese traje, incurriría en tanta culpa como si manchase al mismo rey. Los judíos, aunque no pudiesen asesinar a Dios, sin embargo, matando la naturaleza humana asumida por Cristo, fueron tan castigados como si hubiesen asesinado a la divinidad.

Quienquiera que desee llevar una vida perfecta, no haga otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y desee lo que Cristo deseó.

Igualmente, como hemos dicho más arriba, el Hijo de Dios es el Verbo de Dios, y el Verbo de Dios se encarnó como la palabra del rey escrita en un papel. Si pues alguien desgarrara el papel del rey, se estimaría como si desgarrase la palabra del rey. Y por eso se tiene en tanto el pecado de los judíos como si hubiesen matado al Verbo de Dios.

Pero ¿qué necesidad hubo de que el Verbo de Dios padeciese por nosotros? ¡Grande! Puede colegirse una doble necesidad. Una, como remedio contra el pecado; otra, para ejemplo en cuanto a las cosas que hacer.

A) En cuanto al remedio,

porque en la pasión de Cristo encontramos remedio para todos los males en que incurrimos por el pecado. E incurrimos en cinco males:

1.º En la mancha. Pues cuando el hombre peca, afea su alma. Porque así como la virtud del alma es su belleza, así el pecado es su mancilla: ¿Qué pasa, Israel, que en el país de los enemigos te has… manchado con los muertos? (Bar 3,10). Pero esto lo borra la pasión de Cristo, pues Cristo con su pasión dispuso un baño con su sangre, con el que lavar a los pecadores: Nos lavó de nuestros pecados con su sangre (Ap 1,5). En el bautismo se lava el alma con la sangre de Cristo; pues por la sangre de Cristo (el bautismo) tiene (su) virtud regeneradora. Y por eso cuando se mancha uno (después) por el pecado, injuria a Cristo y peca más que antes: Si alguno anula (o viola) la Ley de Moisés, con (el testimonio de) dos o tres testigos muere sin compasión ninguna; ¿cuánto más pensáis que merece suplicios mayores quien conculcare al Hijo de Dios y tuviera por profana la sangre de Cristo?(Heb 10,28-29).

2.º Incurrimos en ofensa de Dios. Pues como el carnal ama la belleza carnal, así Dios (ama) la espiritual, que es la belleza del alma. Cuando, pues, el alma se mancha con el pecado, Dios es ofendido y tiene odio al pecador: Son odiosos a Dios el impío y su impiedad (Sab 14,9).

Mas borra esto la pasión de Cristo, que satisfizo a Dios Padre por el pecado, por el cual el hombre mismo no podía satisfacer; y su amor y obediencia fueron mayores que el pecado y prevaricación del primer hombre: Siendo enemigos (de Dios) fuimos reconciliados por la muerte de su Hijo (Rom 5,10).

3.º En tercer lugar incurrimos en la enfermedad (espiritual). Pues el hombre, cuando peca una vez, cree poder contenerse después de pecar. Mas sucede todo lo contrario. Porque por el primer pecado se debilita y se hace más propenso al pecado. Y el pecado le domina más; y cuanto es en sí, se coloca en tal situación de no poder levantarse, a no ser por el poder divino, como quien se tira a un pozo. Por donde después que el hombre pecó, nuestra naturaleza se debilitó y se corrompió; y entonces el hombre fue más propenso a pecar. Mas Cristo aminora esta debilidad y enfermedad, aunque no la quitara del todo. Sin embargo de tal manera fue confortado el hombre por la pasión de Cristo y debilitado el pecado, que no sólo puede dominarlo, sino que puede trabajar, ayudado por la gracia de Dios, que le confiere en los sacramentos, los cuales reciben su eficacia de la pasión de Cristo, de modo que pueda escapar (resilire) de los pecados: Nuestro hombre viejo ha sido crucificado con Cristo para destrucción del cuerpo del pecado (Rom 6,6). Pues antes de la pasión de Cristo pocos ha habido que hayan vivido sin pecado mortal; mas después, muchos han vivido y viven sin pecado mortal.

4.º En cuarto lugar incurrimos en el reato del castigo. Pues la justicia de Dios exige esto: que quienquiera que peque sea castigado. Y el castigo se mide por la culpa. Por donde, como la culpa del pecado mortal sea infinita, como contra un bien infinito, a saber, Dios, cuyos preceptos desprecia el pecador, el castigo debido al pecado mortal es infinito. Mas Cristo por su pasión nos quitó este castigo y lo sufrió él mismo: Nuestros pecados –esto es: la pena por el pecado– la sufrió él en su cuerpo (1 Pe 2,24). Pues la pasión de Cristo fue de tanta virtud que basta para expiar los pecados todos de todo el mundo, aunque fuesen cien mil. De ahí proviene que los bautizados quedan desatados de todos los pecados. De ahí también, que el sacerdote perdone los pecados. De ahí también, que quienquiera que se identifica más con la pasión de Cristo consigue mayor perdón y merece más gracias.

5.º En quinto lugar incurrimos en el destierro del reino. Pues quienes ofenden al rey son obligados a exiliarse del reino. Así el hombre por el pecado fue expulsado del paraíso. Por ello Adán, nada más pecar, fue echado del paraíso y se cerró su puerta. Mas Cristo, con su pasión, abrió aquella puerta y volvió a llamar al reino a los desterrados. Abierto el costado de Cristo, se abrió la puerta del paraíso; y derramada su sangre, fue quitada la debilidad, expiada la pena y los desterrados son llamados de nuevo al Reino. De ahí es que al ladrón inmediatamente se le dice: Hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc 23,43). Esto no se dijo antiguamente: no se dijo a cualquiera, a Adán, a Abrahán o David; sino que hoy, esto es: cuando se abrió la puerta, el ladrón pidió perdón y lo encontró: Teniendo confianza en la entrada del (santo de) los santos –el santuario– por la sangre de Cristo (Heb 10,19). Así que es evidente la utilidad por parte del remedio.

B) Mas no es menor la utilidad en cuanto al ejemplo.

Pues, como dice S. Agustín, la pasión de Cristo basta para modelar totalmente nuestra vida. Quienquiera que desee llevar una vida perfecta, no haga otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y desee lo que Cristo deseó.

En la cruz no falta ejemplo ninguno de virtud. Pues si buscas un ejemplo de caridad: Ninguno tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos Un 15,13). Y eso lo hizo Cristo en la Cruz. Y por eso, si él dio su vida por nosotros, no nos debe parecer grave soportar por él cualquier (clase de) males: ¿Qué pagaré al Señor por todas las cosas que él me dio? (Sal 115,12).

Si buscas un ejemplo de paciencia, es excelentísima la que encontramos en la Cruz. La paciencia se manifiesta grande en dos cosas: o cuando uno sufre pacientemente grandes cosas; o cuando sufre aquellas cosas que puede evitar y no las evita.

Pues Cristo sufrió grandes cosas en la Cruz: Oh, vosotros que pasáis por el camino, atended y ved si hay dolor como el mío (Lam 1,12); y (lo hizo) pacientemente, porque: Cuando sufría no amenazaba (1 Pe 2,23) y en Is 53,7:Como oveja será conducido al matadero y como cordero ante quien le trasquila enmudecerá.

Así mismo lo pudo evitar y no lo evitó: ¿Acaso piensas que no puedo rogar a mi Padre y me proporcionaría ahora más de doce legiones de Ángeles? (Mt 26,53).

Es pues grande la paciencia de Cristo en la Cruz: Corramos por la paciencia al combate que se nos propone, mirando a Jesús, el autor y consumados de nuestra fe, quien, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la Cruz, despreciando la confusión (Heb 12,1-2).

Si buscas un ejemplo de humildad, mira al Crucifijo, pues Dios quiso ser juzgado bajo Poncio Pilato y morir: Tu causa fue juzgada como la de un impío (Job 36,17). Verdaderamente como de un impío, porque fue condenado a una muerte ignominiosísima (Sab 2,20). El Señor quiso morir por el siervo; la vida de los ángeles, por el hombre:Se hizo obediente hasta la muerte (Flp 2,8).

Si buscas un ejemplo de obediencia, sigue a Aquel que se hizo obediente al Padre hasta la muerte: Así como por la desobediencia de un hombre muchos vinieron a ser pecadores, así por la obediencia de uno vendrán a ser justos muchos (Rom 12,19).

Si buscas un ejemplo de desprecio de las cosas terrenas, sigue a aquel que es el Rey de reyes y Señor de los señores, en el cual están los tesoros de la Sabiduría; mas en la Cruz fue desnudado, ultrajado, escupido, golpeado, coronado de espinas, abrevado con hiel y vinagre y muerto. Así es que no te apegues a los vestidos y a las riquezas, porque se dividieron entre sí mis vestidos (Sal 21,19); no (te apegues) a los honores, porque «yo experimenté desprecios y azotes»; no (te apegues) a las dignidades, «porque, trenzando una corona de espinas, me la pusieron en mi cabeza»; no (te apegues) a las delicias, pues en mi sed me abrevaron con vinagre (Sal 68,22). S. Agustín, a propósito de aquello de Heb 12 –quien, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la Cruz, despreciada la confusión– dice: El hombre Cristo Jesús despreció todos los bienes terrenos, para indicar que deben ser despreciados.

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