Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

Santo Tomás sobre la pasión de Cristo (V)

Descenso a los infiernos

Comentario al Credo, Artículo 5

Descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos

Como hemos dicho, la muerte de Cristo consistió en la separación del alma del cuerpo, como también la de los demás hombres. Mas la Divinidad, estuvo tan indisolublemente unida al hombre Cristo, que, aunque el alma y el cuerpo se separaron el uno del otro, sin embargo la Divinidad misma estuvo siempre perfectísimamente unida al alma y al cuerpo. Y por tanto el Hijo de Dios estuvo en el sepulcro con el cuerpo y descendió a los infiernos con el alma.

Hay cuatro razones por las que Cristo descendió a los infiernos en cuanto al alma.

La primera para sufrir toda la pena del pecado y así expiar toda su culpa. Pues la pena del pecado del hombre no sólo era la muerte del cuerpo, sino que era también un castigo del alma. Ya que el pecado también era respecto del alma, la misma alma era castigada en cuanto a la carencia de la visión divina, para abolir lo cual aún no se había satisfecho. Y por eso después de la muerte, antes de la venida de Cristo, descendían todos al infierno, también los Santos Padres. Así que Cristo, para sufrir toda la pena debida a los pecadores, quiso, no sólo morir, sino también descender al infierno en cuanto al alma. Por donde en el Sal 87,4 se dice: He sido computado con los que descienden al lago: he venido a ser un hombre sin ayuda, libre entre los muertos. Los otros estaban allí como siervos; mas Cristo (fue) como libre.

La segunda razón es para socorrer perfectamente a todos sus amigos. Pues tenía amigos, no sólo en el mundo, sino también en el infierno. Pues en esto consiste el ser amigo de Cristo: en tener caridad; mas en el infierno había muchos que habían muerto con caridad y fe en el que había de venir, como Abrahán, Isaac, Jacob, Moisés, David y otros varones justos y perfectos. Y puesto que Cristo había visitado a los suyos que estaban en el mundo y los había socorrido por su muerte, quiso también visitar a los suyos que estaban en el infierno, para socorrerles, descendiendo a ellos: Penetraré todas las partes inferiores de la tierra y veré a todos los que duermen, e iluminaré a los que esperan en el Señor (Eclo 24,45).

La tercera razón es para triunfar perfectamente del diablo. Pues entonces triunfa uno de otro cuando lo vence, no sólo en el campo, sino que le invade hasta en su propia casa y le quita el trono del reino y su casa. Mas Cristo había triunfado del diablo y lo había vencido en la cruz, por donde dice Jn 12,31: Ahora es el juicio del mundo; ahora el príncipe de este mundo –esto es, el diablo– será echado fuera. Y así, para triunfar perfectamente, quiso quitarle la sede de su reino y ligarle en su casa, que es el infierno. Y por eso descendió allá y le despojó de todas sus cosas, le ligó y le despojó de su presa: Despojando a los principados y potestades los condujo gloriosamente, triunfando públicamente de ellos en sí mismo (Col 2,15).

Así mismo también porque Cristo había recibido la potestad y la posesión del cielo y de la tierra, para que así (lo hiciese), según dice el Apóstol a los Filipenses: Que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los seres celestes, terrestres y de los del infierno (Flp 2,10); y en Mc 16,17: En mi nombre expulsarán demonios.

La cuarta y última razón es para librar a los santos que estaban en el infierno. Pues así como Cristo padeció la muerte para librar de la muerte a los vivos, así también quiso descender al infierno para librar a los que estaban allí: Tú también en la sangre de tu alianza sacaste a tus vencidos del lago, en el cual no hay agua (Zac 9,11); Oh muerte, seré tu muerte; seré tu mordisco, infierno (Os 13,14).

Pues aunque Cristo hubiese destruido a la muerte totalmente, sin embargo no destruyó totalmente el infierno, sino que «lo mordió»; a saber, porque no libró a todos del infierno, sino a aquellos que no tenían pecado mortal e igualmente a los que no tenían pecado original, del cual, en cuanto a la persona, habían sido liberados por la circuncisión; o antes de la circuncisión, los que se habían salvado en la fe de sus padres fieles, en cuanto a aquellos que no tenían uso de razón; o por los sacrificios y la fe en el Mesías venidero respecto de los adultos; mas estaban allí por el pecado original de Adán, del cual, en cuanto a la naturaleza, no pudieron ser liberados sino por Cristo. Y por ello dejó allí a aquellos que habían descendido con pecado mortal y a los niños incircuncisos. Y por eso dice: Seré tu mordisco, infierno. Así pues, queda claro que Cristo descendió a los infiernos y el porqué.

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De aquí podemos deducir cuatro cosas para nuestra edificación.

Primera, la esperanza firme en Dios. Pues por más que el hombre se vea afligido, sin embargo siempre debe esperar en la ayuda de Dios y confiar en él. Pues no hay cosa tan grave como estar en el infierno. Si pues Cristo libró a aquellos que estaban en el infierno, mucho más debe confiar cualquiera, si es amigo de Dios, que le librará de cualquier angustia: Ésta –a saber, la Sabiduría– no abandonó al justo vendido…, bajó con él a la fosa, y en las cadenas no lo abandonó (Sab 10,13.14). Y, puesto que Dios ayuda especialmente a sus siervos, debe estar muy seguro aquel que sirve a Dios: El que teme a Dios no temblará (por) nada, porque él mismo es su esperanza (Eclo 24,16).

En segundo lugar, debemos concebir temor y expulsar la presunción. Pues aunque Cristo haya sufrido por los pecadores y bajase a los infiernos, sin embargo no libró a todos, sino sólo a aquellos que estaban sin pecado mortal, como hemos dicho. Mas a aquellos que habían muerto en pecado mortal, los dejó (allí). Y por eso, que ninguno que baje allá con pecado mortal, espere el perdón. Sino que permanecerá en el infierno tanto tiempo como los santos padres en el paraíso, a saber, eternamente: Irán éstos al suplicio eterno; mas los justos, a la vida eterna (Mt 25,46).

En tercer lugar, debemos ser solícitos. Pues Cristo descendió a los infiernos por nuestra salvación. También nosotros debemos ser solícitos en descender allá frecuentemente considerando aquellas penas, como hacía aquel santo, Ezequías, diciendo: Yo dije: en medio de mis días iré a las puertas del infierno (Is 38,10). Pues quien en vida desciende frecuentemente con el pensamiento, no desciende fácilmente en la muerte, porque esta consideración le retrae del pecado. Pues vemos que los hombres de este mundo se precaven de las acciones malas por el castigo temporal, ¿cuánto más, pues, deben precaverse por las penas del infierno, que son mayores cuanto a la duración, cuanto a la acerbidad y cuanto a la multiplicidad? Recuerda tus novísimos y no pecarás jamás (Eclo 7,40).

En cuarto lugar, de esto nos resulta un ejemplo (o lección) de amor. Pues Cristo descendió a los infiernos para liberar a los suyos; por ello también nosotros debemos bajar allá para socorrer a los nuestros. Pues ellos no pueden nada; y por eso debemos socorrer a quienes están en el purgatorio. Sería demasiado duro aquel que no socorriese a un ser suyo querido que estuviese en una cárcel terrena: luego sería mucho más duro quien no socorriese a su amigo que está en el purgatorio, no habiendo comparación ninguna entre las penas de este mundo y aquéllas: Compadeceos de mí, compadeceos de mí, por lo menos vosotros, mis amigos, porque me ha tocado la mano del Señor (Job 19,21). Santo y saludable es el pensamiento de rogar por los difuntos para que sean liberados de sus pecados (2 Mac 12,46).

Mas se les socorre principalmente por tres cosas, como dice S. Agustín; a saber, por las misas, las oraciones y las limosnas. S. Gregorio añade una cuarta: el ayuno. Y no hay de qué admirarse. Porque también en este mundo un amigo puede satisfacer por su amigo. Mas ha de entenderse esto de aquellos que están en el purgatorio.

Dos cosas necesita conocer el hombre.; a saber, la gloria de Dios y las penas del infierno. Pues los hombres son atraídos por la gloria y, aterrados por las penas, se precaven y retraen de los pecados. Mas estas cosas son muy difíciles de conocer para el hombre. Pues de la gloria se dice en la Sab 9,16: ¿Quién investigó las cosas que hay en el cielo? Y esto a la verdad es difícil para los terrenos, porque como se dice en Jn 3,31: El que es de la tierra habla de la tierra; pero no es difícil para los espirituales, porque el que vino del cielo está sobre todos, como se dice allí mismo. Y por eso Dios descendió del cielo y se encarnó, para enseñarnos las cosas celestiales.

También era difícil conocer las penas del infierno: No se ha conocido a nadie que haya venido de los infiernos (Sab 2,1): esto se dice en persona de los impíos. Mas ahora (ya) no se puede decir: porque como (Cristo) descendió del cielo para enseñar las cosas celestiales, así también resucitó de los infiernos, para instruirnos sobre los infiernos. Y por ello es necesario que creamos, no sólo que se hizo hombre y murió, sino que resucitó de entre los muertos.

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