Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

Santo Tomás sobre la Resurrección de Cristo

– Yo soy la resurrección y la vida (Jn 11,25)

– Credo, Artículo 5: Al tercer día resucitó de entre los muertos

Compendio de Teología:

– Cap. 236: La resurrección de Cristo y el momento de la resurrección

– Cap. 238: Demostración de la resurrección de Cristo

– Cap. 239: Poder de la resurrección del Señor


Appearance of Christ to Mary Magdalene

CRISTO, RESURRECCIÓN Y VIDA

Yo soy la resurrección y la vida (Jn 11,25)

I. El Señor muestra su virtud y poder que es vivificante.

Debe saberse que, entre los que necesitan participar del efecto de la vida, unos tienen esa necesidad porque perdieron la vida, y otros, que no la perdieron, lo necesitan para conservar la que ya tienen. Así, pues, dice a los primeros: Yo soy la resurrección, porque los que perdieron la vida, por la muerte la recobran. Para los segundos dice: y la vida, porque por ella se conservan los vivos.
Ha de advertirse que por estas palabras: Yo soy la resurrección, ha de entenderse: yo soy la causa de la resurrección. Y en verdad Cristo es la causa total de nuestra resurrección, tanto del alma como del cuerpo. Y por eso cuando dice: Yo soy la resurrección, es como si dijese: Todo lo que resucita en las almas y en los cuerpos, resucita por mí: Porque como la muerte fue por un hombre, así también la resurrección de los muertos (1Co 15,21). Cuando digo que soy la resurrección es porque soy la vida; pues corresponde a la vida el que algunos sean restituidos a ella, del mismo modo que pertenece al fuego el que una cosa apagada sea nuevamente encendida: En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres (Jn 1,4).

II. Sigue un doble efecto:

1º) Vivifica a los muertos: El que cree en mí, aunque hubiere muerto, vivirá. Yo soy la resurrección (Jn 11,25), esto es, la causa de la resurrección, y uno consigue el efecto de esta causa, creyendo en mí. Por eso dice: El que cree en mí, aunque hubiere muerto, vivirá. Pues, por el hecho de creer, me posee en sí mismo: Para que Cristo more por la fe en vuestros corazones (Ef 3,17). El que me posee tiene en sí la causa de la resurrecciónluego el que cree en mí vivirá, es decir, con vida espiritual, resucitando de la muerte del pecado, y también con vida natural, resucitando de la muerte de la pena.
2º) Porque él es la vida, conserva a los vivientes en la vida. Por eso dice: Y todo aquél que vive y cree en mí, con la vida de justicia, de la cual dice Habacuc: El justo en su fe vivirá (Hab 2,4), no morirá jamás, esto es, con muerte eterna, sino que tendrá la vida eterna: La voluntad de mi Padre, que me envió, es ésta: Que todo aquél que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna (Jn 6,40).
Esto no ha de entenderse en el sentido de que no morirá temporalmente con muerte de la carne; sino que de tal modo morirá alguna vez, que, habiendo resucitado, viva eternamente en el alma, hasta que resucite la carne que después no morirá nunca. Por eso añade: y yo le resucitaré en el último día.


Comentario al Credo, Artículo 5

Al tercer día resucitó de entre los muertos

Vemos que muchos resucitaron de entre los muertos, como Lázaro, el hijo de la viuda y la hija del archisinagogo. Mas la resurrección de Cristo difiere de la resurrección de éstos en cuatro cosas.

Primero, en cuanto a la causa de la resurrección, pues los otros que resucitaron, no resucitaron por su propia virtud, sino por la de Cristo o por las preces de algún santo. Pero Cristo resucitó por su propia virtud, pues no sólo era hombre, sino también Dios; y la Divinidad del Verbo nunca se separó ni del alma ni del cuerpo. Y por eso, cuando quiso, reasumió el cuerpo al alma y el alma al cuerpo: Tengo poder para exponer mi alma y tengo poder para asumirla de nuevo (Jn 10,18). Y, aunque murió, esto no fue por debilidad o por necesidad, sino por virtud, porque fue voluntariamente. Y esto es claro, pues cuando expiró, clamó con una gran voz, cosa que no pueden hacer otros moribundos, porque mueren por debilidad. Por donde el Centurión dijo: Verdaderamente éste era Hijo de Dios (Mt 27,54). Y así como por su virtud expuso su alma, así por su virtud la recibió. Y por eso se dice queresucitó y no que fuese resucitado, como por otro: Yo me dormí y tuve un sueño profundo y me levanté (Sal 3,6). Y esto no es contrario a lo que se dice en Hch 2,32: A este Jesús lo resucitó Dios, pues también lo resucitó el Padre y el Hijo, porque el poder del Padre y del Hijo es el mismo.

En segundo lugar, difiere en cuanto a la vida a la que resucitó: porque Cristo (resucitó) a una vida gloriosa e incorruptible, como dice el Apóstol en Rom 6,4: Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre; mas los otros (resucitaron) a la misma vida que tenían antes, como se ve por Lázaro y los demás.

En tercer lugar difiere en cuanto al fruto y la eficacia, puesto que por la virtud de la resurrección de Cristo resucitan todos: Muchos cuerpos de los santos que habían muerto, resucitaron (Mt 27,52); y el Apóstol dice en 1 Cor 15,20:Cristo, primicias de los que duermen (el sueño de la muerte), resucitó de entre los muertos. Mas piensa que Cristo llegó a la gloria por su pasión: ¿Acaso no convino que Cristo padeciera así y de este modo entrase en su gloria?(Lc 24,26). Y atiende a que Cristo vino para enseñarnos cómo podremos llegar a la gloria: Hch 14,21 dice: por muchas tribulaciones conviene que entremos en el Reino de Dios.

En cuarto lugar se diferencia en cuanto al tiempo, puesto que la resurrección de los demás se difiere hasta el fin del mundo, a no ser que a algunos se les conceda por privilegio, como a la Sma. Virgen y, como piadosamente se cree, a S. Juan Evangelista. Pero Cristo resucitó al tercer día. La razón de lo cual es que la resurrección y la muerte y la natividad de Cristo fueron por nuestra salvación; y por eso quiso resucitar cuando se hubiese cumplido nuestra salvación. Mas si hubiese resucitado inmediatamente, no se habría creído que hubiese muerto. Y así mismo, si hubiese tardado mucho, los discípulos no habrían permanecido en la fe; y así la utilidad de su pasión habría sido nula: ¿Qué utilidad hay en mi sangre, mientras bajo a la corrupción? (Sal 29,10). Y por eso resucitó al tercer día, a fin de que se le creyese muerto y para que los discípulos no perdiesen la fe.

De aquí podemos deducir cuatro cosas para nuestra edificación.

Primero, que nos preocupemos de resurgir espiritualmente de la muerte del alma, en la que incurrimos por el pecado, a la vida de la justicia (o santidad), que se obtiene por la penitencia. El Apóstol (dice) en Ef 5,14: Despierta tú, que duermes, y levántate de los muertos y te iluminará Cristo. Esta es la resurrección primera, (de la que se dice en) Ap 20,6: Dichoso el que tiene parte en la resurrección primera.

En segundo lugar, que no diferamos el resurgir hasta (la hora de) la muerte, sino pronto, pues Cristo resucitó al tercer día: No tardes en convertirte al Señor y no lo difieras de un día para otro (Eclo 5,8), puesto que, oprimido por la enfermedad, no puedes pensar en lo que toca a la salvación; y también porque pierdes la participación en todas las obras buenas que se hacen en la Iglesia e incurres en muchos males por perseverar en el pecado. Además el diablo, cuanto más tiempo (te) posea, tanto más difícilmente (te) dejará, como dice S. Beda.

En tercer lugar, para que resurjamos a una vida incorruptible; a saber, para que no muramos de nuevo; esto es: que (vivamos) en tal propósito de modo que no pequemos en adelante: Cristo, resucitando de entre los muertos, ya no muere más: la muerte no le volverá a dominar (Rom 6,9); y más abajo (v.11-13): Así también vosotros, consideraos muertos al pecado, viviendo para Dios en Cristo Jesús. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus concupiscencias; ni tampoco ofrezcáis vuestros miembros al pecado como armas de la iniquidad; sino ofreceos a Dios como vivos (sacados) de los muertos.

En cuarto lugar, a fin de que resurjamos a la vida nueva y gloriosa; a saber, para que evitemos todas aquellas cosas que antes fueron ocasión y causa de la muerte y del pecado: (Que) como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, también nosotros caminemos en una novedad de vida (Rom 6,4). Esta vida nueva es la vida de la justicia (o santidad), que renueva el alma y conduce a la vida de la gloria. Amén.


 

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Compendio de Teología

CAPÍTULO 236

La resurrección de Cristo y el momento de la resurrección

Porque Cristo liberó al género humano de los males derivados del pecado del primer padre, fue conveniente que así como soportó nuestros males para librarnos de ellos, aparecieran en él las primicias de la reparación humana que él mismo hizo. Con ello, Cristo se nos propone de ambos modos como signo de salvación. Su pasión nos lleva a considerar hasta dónde hemos caído por el pecado, y qué castigo merecemos para liberarnos de él. La exaltación de Cristo nos permite considerar qué podemos esperar gracias a él. Por tanto, después de haber vencido a la muerte que provenía del pecado del primer padre, fue el primero en resucitar a la vida inmortal, para que así como en Adán, que fue el primero que pecó, apareció la vida mortal, en Cristo, que fue el primero que pagó por el pecado, apareciera la vida inmortal. Habían vuelto ciertamente a la vida algunos antes que Cristo, resucitados por él mismo o por profetas, mas tendrían que morir otra vez; pero (Rom 6,9) Cristo una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere. De ahí que por ser el primero que se libró de la necesidad de morir, es llamado (1 Cor 15,20) el primero de entre los muertos y primicia de los que duermen, porque fue el primero que se levantó del sueño de la muerte, habiendo quebrado su yugo.

Su resurrección no debió retrasarse ni tampoco producirse de inmediato después de la muerte. Si hubiera vuelto inmediatamente a la vida, no habría podido comprobarse que su muerte era verdadera. Si la resurrección hubiera tardado mucho tiempo, no habría aparecido la señal de que la muerte había sido vencida en él, ni se habría dado a los hombres la esperanza de que él los libraría de la muerte. Por eso aplazó la resurrección hasta el tercer día, porque este tiempo parecía suficiente para comprobar la verdad de la muerte y no era demasiado amplio para destruir la esperanza. Sí se hubiera dilatado más, la esperanza de los fieles se habría debilitado. Ya algunos, como si les faltara la esperanza, decían el tercer día, según se recoge en el último capítulo de Lucas (24,21): Esperábamos que él fuera quien iba a redimir a Israel.

Pero Cristo no permaneció muerto tres días enteros. Se dice que estuvo en el seno de la tierra tres días y tres noches según ese modo de hablar en el que se toma la parte por el todo. Como cada día natural consta de un día y una noche, cada una de las partes del día o de la noche en que Cristo estuvo muerto, se dice que lo estuvo el día entero. En la Escritura se suele contar la noche con el día siguiente, porque los hebreos calculan el tiempo por el movimiento de la luna, que comienza a aparecer por la tarde. Cristo estuvo en el sepulcro la última parte del viernes, que si se cuenta con la noche precedente es un día artificial, y la noche un único día natural. Permaneció en el sepulcro la noche que siguió al viernes y el sábado entero, con lo que resultan dos días. También estuvo muerto en el sepulcro la noche siguiente, la que precede al domingo, día en que resucitó, ya fuera a media noche, como sugiere Gregorio, o al amanecer como señalan otros. Así, tanto si se cuenta toda la noche como una parte de ella junto con el día siguiente, el domingo, resulta un tercer día natural.

Y no carece de misterio que quisiera resucitar el día tercero, fue para mostrar que resucitó por virtud de toda la Trinidad: por eso unas veces se dice que el Padre le resucitó, y otras, que él mismo resucitó por su propio poder. Esto no es contradictorio, pues es el mismo el poder del Padre, el del Hijo y del Espíritu Santo. También muestra que la reparación de la vida no se hizo el primer día del mundo, es decir, en el tiempo de la ley natural, ni el segundo día, en el período de la ley mosaica, sino el tercer día, en la edad de la gracia. También hubo una razón para que Cristo permaneciera en el sepulcro un día entero y dos noches enteras, pues Cristo asumió uno solo de nuestros males, la pena, y destruyó nuestros dos males, la culpa y la pena, significadas por las dos noches.


 

Compendio de Teología

CAPÍTULO 238

Demostración de la resurrección de Cristo

Dado que, como hemos dicho (c.236), Cristo anticipó la resurrección para apoyar nuestra esperanza y que esperáramos resucitar también nosotros, fue necesario para reforzar esta esperanza que se manifestaran con pruebas adecuadas su resurrección y sus cualidades de resucitado. Pero no manifestó su resurrección indistintamente a todos, como había mostrado su humanidad y su pasión, sino únicamente a los testigos predeterminados por Dios, a los discípulos que había elegido para lograr la salvación de los hombres. El estado de resucitado, como hemos dicho (c.237), pertenece a la gloría de comprensor, y este conocimiento no corresponde a todos, sino solamente a quienes se hicieron dignos de él. A éstos Cristo les mostró su resurrección y su gloria de resucitado.

Manifestó la gloria de la resurrección mostrando que había resucitado el mismo que había muerto, idéntico tanto en naturaleza y en supuesto. Idéntico en naturaleza, porque demostró que tenía verdadero cuerpo humano al permitir a los discípulos que lo palparan y vieran, cuando les dijo, en el último capítulo de Lucas (24,39): Palpad y ved, porque un espíritu no tiene carne y huesos como veis que tengo yo. Lo manifestó también realizando actos propios de la naturaleza humana, comiendo y bebiendo con los discípulos, andando y hablando muchas veces con ellos. Estos actos son propios de un hombre vivo. Si bien esa comida no fue por necesidad, pues los cuerpos incorruptibles de los resucitados ya no necesitarán alimentos, porque en ellos no habrá un desgaste que haya que restablecer con el alimento. Por eso tampoco el alimento tomado por Cristo se transformó para nutrir su cuerpo, sino que quedó en la naturaleza que tenía previamente. Con todo, al comer y beber demostró que era verdadero hombre.

También mostró que era idéntico en el supuesto el que había muerto, porque les enseñó en su cuerpo las huellas de su muerte, las cicatrices de las heridas. Por eso le dice a Tomás, en Jn 20,27: Trae aquí tu dedo, mete tu mano en mi costado, «y comprueba el lugar de los clavos». En el capítulo último (24,39) de Lucas dijo a los discípulos:Mirad mis manos y mis pies, que soy yo mismo. También fue por concesión que quedaran en su cuerpo las cicatrices de las heridas, para probar con ellas la verdad de la resurrección, porque el cuerpo resucitado incorruptible debería estar íntegro. Aunque puede decirse que también en los mártires se mostrarán las huellas de las heridas como condecoraciones por su virtud. También muestra que es el mismo según el supuesto tanto por el modo de hablar como por las acciones con que suelen ser reconocidos los hombres. Por eso lo reconocieron los discípulos en la fracción del pan, como se dice en el capítulo último de Lucas (c.24, 30-31), y él mismo les anunció que se aparecería en Galilea, donde solía tratar con ellos.

Manifestó la gloria de resucitado cuando entró donde estaban con las puertas cerradas, en Juan 20,19, y cuando se ocultó de su vista, en último capítulo de Lucas (24,31). Es propio de la gloria del cuerpo resucitado poder aparecerse a unos ojos no gloriosos cuando quiere, y no aparecerse cuando no quiere. Si hubiera mostrado del todo la peculiar condición del cuerpo resucitado, habría perjudicado la fe en la resurrección, porque la inmensidad de su gloria habría impedido reconocer que era de la misma naturaleza. Todo esto también lo mostró no sólo con signos visibles, sino también con señales inteligibles cuando les abrió los sentidos para que entendieran las Escrituras y les mostró con los escritos de los profetas que habría de resucitar.


 

Compendio de Teología

CAPÍTULO 239

Poder de la resurrección del Señor

Igual que Cristo destruyó nuestra muerte con su muerte, con su resurrección restauró nuestra vida. El hombre tiene dos muertes y dos vidas. Una es la muerte del cuerpo por la separación del alma, la otra es la muerte del alma por la separación de Dios. Por eso Cristo, en quien no tuvo lugar la segunda muerte, con la primera muerte que sufrió, la corporal, destruyó nuestras dos muertes, la corporal y la espiritual. Por contraposición podemos entender las dos vidas. Una es del cuerpo y se debe al alma, la llamamos vida de la naturaleza; la otra es del alma y es obra de Dios, ésta se llama de la justicia o de la gracia. Ésta se realiza por la gracia, por la cual Dios habita en nosotros, como se dice en Habacuc: Mi justo vive de la fe. Según esto, también hay dos resurrecciones: una corporal, con la que el alma se une de nuevo al cuerpo; la otra espiritual, con la que el alma se une de nuevo a Dios. Esta segunda resurrección no tuvo lugar en Cristo, porque su alma nunca estuvo separada de Dios por el pecado. Con su resurrección corporal, por tanto, fue la causa de nuestras dos resurrecciones, de la corporal y de la espiritual.

Es preciso considerar, como dice Agustín en Sobre el evangelio de Juan, que la Palabra de Dios resucita las almas, mientras que la Palabra hecha carne resucita los cuerpos, pues dar la vida a las almas es exclusivo de Dios. Pero como la carne asumida por la Palabra de Dios es instrumento de su divinidad, y el instrumento obra en virtud de la causa principal, ambas resurrecciones nuestras, la corporal y la espiritual, tienen su causa en la resurrección corporal de Cristo. Todas las obras salvíficas que nos fueron otorgadas en la carne de Cristo, fueron salvíficas por virtud de la divinidad que estaba unida a la carne; por eso el Apóstol, para mostrar que la resurrección de Cristo es la causa de nuestra resurrección espiritual, dice en Rom 4,25 que fue entregado por nuestros pecados y resucitó por nuestra justificación. Y que la resurrección de Cristo fue la causa de nuestra resurrección corporal, lo indica en 1 Cor 15,12: Si Cristo resucitó, ¿cómo dicen algunos que los muertos no resucitan? Muy acertadamente atribuye el Apóstol el perdón de los pecados a la muerte de Cristo y nuestra justificación a la resurrección. Así resalta la correspondencia y la semejanza del efecto con la causa. Igual que el pecado se abandona cuando es perdonado, Cristo con su muerte abandonó la vida pasible en la que estaba la semejanza del pecado. Cuando alguien es justificado, adquiere una nueva vida, también Cristo adquirió la novedad de la gloria cuando resucitó. Así pues, la muerte de Cristo es la causa del perdón de nuestro pecado tanto instrumentalmente efectiva, como sacramentalmente ejemplar y meritoria. Su resurrección fue la causa de nuestra resurrección efectiva instrumentalmente y sacramental-mente ejemplar, pero no meritoria, porque Cristo ya no era viador, y por tanto carecía de la capacidad de merecer para él, o bien porque la claridad de la resurrección fue el premio de la pasión, como muestra el Apóstol en Flp 2,8-11.

Así que es claro que se puede llamar (Col 1,18) a Cristo el primogénito de los resucitados de entre los muertos. Y no sólo por precedencia temporal, porque fue el primero que resucitó de acuerdo con lo dicho, sino también por precedencia causal, porque su resurrección es la causa de la resurrección de los demás, y por precedencia de dignidad, porque resucitó más glorioso que todos. El Símbolo de la fe recoge esta fe en la resurrección de Cristo cuando dice: Al tercer día resucitó de entre los muertos.

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