Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

Tomás de Aquino, el santo; Mons. Adolfo Tortolo (II)

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TOMÁS DE AQUINO, EL SANTO (II)

Mons. Adolfo Tortolo, Arzobispo de Paraná. (Revista Mikael 5, 1974, 7-17).

IV. SANTO TOMÁS Y LA VIDA CONTEMPLATIVA

La madurez espiritual suele manifestarse por la unidad interior, traducida en la unificación de las potencias. Por un mismo acto se en­tiende y se ama.

La vida moral de Santo Tomás, su virtud, la heroicidad de sus vir­tudes, es un libro escrito para el cielo. Los testimonios recogidos en el proceso de canonización aseguran la verdadera santidad de este “teó­logo de Dios”. La ven desde la cumbre, desde su santidad lograda. Desde allí desaparecen los detalles.

La piedra de toque es el amor, es la caridad. Los testimonios sobre la heroicidad de sus virtudes son unánimes pero poco explícitos, si se exceptúa el testimonio de su ferviente piedad eucarística, señalada con­cretamente por todos. Pero están sus obras, de las que emerge su ex­traordinaria personalidad de santo, inmerso siempre en una constante vida teologal.

Afirmamos un primer presupuesto. Santo Tomás -el hombre de la Verdad- vivió lo que escribió. Y lo vivió desde el lado de Dios, experimentalmente.

Su vida teologal se caracteriza por la primacía de la contempla­ción y, como consecuencia de ella, su nostalgia por el cielo.

Quien afirma que su misión propia, su vocación, consiste en trans­mitir a los otros las riquezas de las cosas contempladas, “contemplata aliis tradere“, debe ser estudiado desde aquí: el hombre que ve a Dios y que padece a Dios. La “visio Dei viventis et videntis” crea en el alma un supersentido: el sentido de Dios. Sentido que sólo Dios puede co­municar al hombre como signo del soberano amor con que Dios ama. Quien recibe este sentido queda santificado, queda endiosado.

Contemplar es entrar en las profundidades de Dios, en el abismo de su luz, no ya por el impulso de la mente, sino por la atracción del amor.

A la fórmula de Santo Tomás: “simplex intuitus veritatis” añade uno de sus mayores discípulos: “sub influxu amoris” (Juan de Santo Tomás). La Fe sola no contempla. Contempla el Amor operante bajo la dulce presión del Espíritu Santo.

La contemplación es toda una trama viva de Fe y de Amor. Es obra de Dios que se ofrece a Sí mismo como Don divino para ser saboreado, para ser gustado.

Desde el lado de Dios todo es simple, todo está dado, todo está a disposición del alma para su fruición y su gozo. Desde el lado del hombre todo suele ser complejo y arduo. Las disposiciones interiores del alma -positivas o negativas- ejercen marcado influjo.

En Santo Tomás de Aquino se dieron disposiciones positivas en grado sumo. Hasta sus ancestrales estirpes contribuyeron a su calidad contemplativa. Su amor a la verdad, su sentido del orden, su vida in­telectual, su acendrado espíritu de oración, su amor al silencio, dieron ese toque esencial que dispone plenamente al “pati divina”.

Consciente de que lo natural y lo sobrenatural no se yuxtaponen, sino que deben insertarse vitalmente en la unidad, logró esa plenitud humano-divina semejante a la vida teándrica del Señor.

Comenzó a vivir aquello que él mismo llamaría en una síntesis poderosamente densa “la gracia de las virtudes y de los dones”, abrién­dose él mismo a las exigencias de la Fe, del Amor y del Espíritu Santo, y dándose luego todo él mediante esa entrega que en los místicos to­ma el nombre de pasividad.

El mismo Dios es quien exige esta pasividad para realizar su obra, para penetrar todo en toda el alma y ser Él conductor omnímodo de ella. La divinización del alma, meta de la vida sobrenatural y de la acción propia de Dios exige este ilapso de Dios en el hombre, este toque de “substancia a substancia” (S. Juan de la Cruz). De este modo, transformado en Dios, participa el hombre no sólo de la naturaleza divina, sino también hasta de las operaciones más arcanas de Dios. No en vano el hombre es por gracia lo que Dios es por naturaleza (S. Juan de la Cruz).

En Santo Tomás esta transformación divinizante ocurrió en la ma­ñana de su vida, pura el alma, totalmente disponible a la acción de Dios. De ese haz de misterios contenidos en “la gracia de las virtudes y de los dones” surgió su vida mística. Por obra de esta gracia fue par­ticipando en el vivir y en el obrar de Dios, y sobrepasado el cerco de la luz inaccesible, entró en consorcio con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, y comenzó con Ellos el “sacrum convivium“, incoado in via, consumado in patria.

Su vida mística fue la de los perfectos casi ab initio. No necesitó de las noches obscuras para purificar y afirmar sus virtudes teologales. Tampoco se dieron en él los fenómenos místicos provocados por un incipiente e imperfecto modo de convivir con Dios. Su adaptación a lo divino tuvo mucho de connatural. Su experiencia mística nos re­cuerda la de María Santísima: sin asombros, sin violencias, sin éxtasis.

Es indudable que esa rara conjunción de lo humano y de lo divi­no, de lo natural y de lo sobrenatural que se dio en él, hizo de Santo Tomás uno de los prototipos de vida mística más acabados y de ma­yor relieve.

La contemplación no es sólo la suprema actividad del alma, sino también la más propia del hombre y la más deleitable -“operatio homini maxime proxima et delectabilis“. Y subraya el Santo: “a la contemplación como a su propio fin se ordena toda operación humana”.

La contemplación es experiencia íntima de Dios por vía de amor. Tiende a la mutua inserción entre el Dios contemplado y el alma contemplante. La Fe se proyecta en luz y en verdad -una cuasi visión- y el Amor en unión que hace de Dios y del hombre un sólo espíritu.

De esta manera la contemplación deja de ser un acto y se con­vierte en una forma de vida. Por esto mismo Santo Tomás no se con­tenta con atisbos de contemplación: tiende a su plenitud como el niño a su condición de adulto.

Es un principio clave en su vida el principio que categóricamente establece para la actividad apostólica: sólo es válida aquella que deriva de la plenitud de la contemplación.

Su vida activa fue su magisterio. Vivió lo que enseñó. De este modo toda su teología fue oración, fue conversación con Dios, fue con­templación de Dios. La Trinidad, Jesucristo, la Eucaristía, la Gracia son temas que fluyen de él con esa sobria unción de lo auténticamente sa­grado. Temas gustados gracias a la sobrenatural Sabiduría que colmó su espíritu.

Los santos suelen tener un vocabulario propio, y un propio hori­zonte espiritual. Se cumple en ellos la afirmación del mismo Jesús: “de la abundancia del corazón hablan los labios”. Los santos hablan de lo que sienten, de lo que viven. La insistencia en ciertos vocablos descu­bre un profundo filón del clima espiritual que están viviendo. Así ocu­rrió en Santo Tomás. En todos sus textos abundan estos substantivos, o sus correspondientes verbos o adjetivos; citados al azar: fruitio, gaudium, desiderium, pax, patria, lumen, beatitudo, visio, felicitas.

Su vida activa fue su magisterio. Vivió lo que enseñó. De este modo toda su teología fue oración, fue conversación con Dios, fue con­templación de Dios.

Son substantivos que él vive, y de cuya substancia nutre su espí­ritu. Vocablos que le son familiares por la riqueza mística común a los perfectos.

No suya, pero sí de su tiempo y de su Escuela, y que él hizo su­ya, es esta afirmación que contiene todo el misterio de la vida espiri­tual: “adhaerere Deo et eo frui“. La vivió con intensidad insospechada. Este “frui” ubicado en el mismo nivel que el “adhaerere” tiene una fuerza y un valor universal.

Una de sus oraciones termina con un final descriptivo que nos ha­ce pregustar el cielo: “Et precor Te, ut ad illud ineffabile convivium me perducere digneris, ubi Tu cum Filio tuo et Spiritu Sancto, Sanctis tuis es lux vera, satietas plena, gaudium sempiternum, iucunditas consummata, et felicitas perfecta“.

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V. LA NOSTALGIA DEL CIELO

Su nostalgia del cielo fue nostalgia de Dios, ya que el cielo es Dios. Esta nostalgia se dio en él —volvemos a compararlo con la Ma­dre de Dios— al modo como se dio en María Santísima.

Su nostalgia no es febril, inquieta, o angustiante. Su corazón no late ni ansioso, ni impaciente.

Ciertamente tiene sed de Dios: “…quod tam sitio“. Pero es la sed metafísica del Bien total y sumo. Se asemeja más a “la llama de amor viva que tiernamente hiere” de San Juan de la Cruz que al “mue­ro porque no muero” de Santa Teresa.

Sabe que la gloria ha comenzado en él. La inchoatio gloriae no es el punto geométrico que da comienzo a una línea. Es la posesión frui­tiva de Dios, ya y ahora, y que avanza como la luz del día al iniciarse el alba.

Su espíritu está colmado con la luz y la presencia de Aquél a quien ama desde lo más profundo de su ser. Su alma está en paz y goza en la posesión de su Bien que lo sacia plenamente, aun cuando pide más de Dios.

Espera en quietud imperturbable la próxima, la inminente reve­lación de Dios. Quiere verlo, desea verlo porque lo ama. Y “el amor no se contenta sino con la presencia”. Pero quiere verlo cuando Él lo quiera.

En su nostalgia de Dios no está ansioso, pero acelera su paso a medida que su amor crece. Siente en carne propia aquel principio que él mismo expusiera tantas veces: “El movimiento es más rápido cuanto más se acerca al fin”. “Motus in fine velocior“.

Su nostalgia del cielo no es tedio ni cansancio, no es evasión ni angustia, no es egoísmo ni refugio. Es la ley del retorno. Es volver al punto de partida, al modo como el Hijo y el Espíritu Santo incesante­mente retornan al seno del Padre.

Una de sus expresiones más sublimes, y que nos ofrece como apertura de su propia intimidad espiritual, es la contenida en este himno: “Trina Deitas… per tuas semitas duc nos, quo tendimus, ad lucem quam inhabitas”. Entre tanto espera con esperanza teologal.

Cada Santo tiene sus preferencias o sus afinidades con el mundo sobrenatural. No sabremos hasta la eternidad cuál fue la suya. Sin em­bargo su recurso tan frecuente a la visión beatífica -no como punto final de una lucha, de un drama y ni siquiera de un destierro- sino como término de la ley de gravedad espiritual, como invitación a la contemplación facial de Dios, su familiar amistad con los Ángeles y los Santos, nos sugieren una profunda afinidad con el mundo de la gloria. Una dulce y constante presión lo impulsa hacia la visión facial de Dios.

Es que su corazón ya era el cielo.

SÍNTESIS FINAL

Es cierto que la piedad popular no venera mucho a Santo Tomás de Aquino, y puede ser cierto que los teólogos no lo invoquen, pero la Divina Providencia añadiéndole el nombre de Angélico, a la par del propio, consagraba a un Arquetipo irrepetible. Y Arquetipo irrepetible por esa insólita fusión de sabio, genio y santo.

Existe una oración suya, llamada oración de oro, que diariamente recitaba ante el Santísimo Sacramento, en la que la psicología, la as­cética y la mística componen la trama de un verdadero tisú espiritual. De ella fray Luis de Granada hizo esta preciosa traducción:

“Oh mi fino y amante buen Jesús, verdadero Dios escondido en este Sacramento, dígnate despachar favorablemente mis ardientes sú­plicas.

Tu beneplácito sea mi placer, mi pasión, mi amor. Concédeme que lo busque sin descanso, lo halle sin tardanza, lo cumpla con amor. Muéstrame tus caminos, enséñame tus sendas y dame a conocer hasta la definitiva salvación de mi alma los designios que sobre mí tiene tu amantísimo Corazón”.

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