Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

Santo Tomás sobre la pasión de Cristo (III)

PREPARACIÓN DE CRISTO AL LAVATORIO DE LOS PIES (Jn 13, 4-5)

NECESIDAD DE LA PERFECTA PURIFICACIÓN (Jn 13, 8-10)

CÓMO DEBEMOS LAVARNOS LOS PIES LOS UNOS A LOS OTROS (Jn 13,14)

EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA (Jn 6,55)

eucaristía

PREPARACIÓN DE CRISTO AL LAVATORIO DE LOS PIES

Se levanta de la cena, y se quita sus vestiduras; y tomando una toalla, se la ciñó (Jn 13, 4).

Cristo se muestra servidor por amor a la humildad, conforme a aquello de San Mateo: El hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en redención por muchos (20,28).

Para ser buen servidor se requieren tres cosas:

1º) Que sea circunspecto para ver todas la cosas que pueden faltar en el servicio; para lo cual sería gran inconveniente estar sentado o recostado; por eso la actitud del servidor es estar de pie. Por lo cual dijo: Se levanta de la cena. Y el evangelista San Lucas: Porque ¿cuál es mayor, el que está sentado a la mesa, o el que sirve? (22, 27)

2º) Que esté expedito para poder ejecutar convenientemente todas las cosas necesarias al servicio; y para esto es un obstáculo el exceso de vestidos. Por eso el Señor se quita sus vestiduras. Esto fue simbolizado en el Génesis cuando Abrahán eligió siervos expeditos (Ge 17).

3º) Que sea pronto para servir, es decir, que posea todas las cosas necesarias para el servicio. En el Evangelio de San Lucas se dice que Marta estaba afanada de continuo en las haciendas de la casa (10,40). De ahí que el Señor tomando una toalla, se la ciñó, para, de este modo, estar preparado, no solamente a lavar los pies, sino también a enjugados. Con lo cual, el que salió de Dios y volvió a Dios, nos enseña a conculcar toda hinchazón, lavando los pies.

Echó después agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies a los discípulos, y a limpiarlos con la toalla con que estaba ceñido (Jn 13, 5).

Aquí se expresa el obsequio de Cristo; en el cual brilla su humildad de tres maneras.

1º) Por la naturaleza del obsequió, que fue muy humilde, a saber: que el Señor de la majestad se inclinase a lavar los pies de los siervos.

2º) Por la multitud del obsequio, pues puso el agua en el lebrillo, lavó los pies, los limpió, etc.

3º) Por modo de obrar, pues no lo hizo por medio de otros o con la ayuda de otros, sino por sí mismo, cumpliéndose aquello del Eclesiástico: Cuanto mayor eres, humíllate en todas las cosas (3, 20).

Aquí pueden entenderse místicamente tres cosas.

1º) Por la acción de poner agua en el lebrillo se significa la efusión de su sangre sobre la tierra. Puesto que la sangre de Jesús puede llamarse agua por la virtud que tiene de lavar. De ahí que simultáneamente saliera agua y sangre de su costado para dar a entender que aquella sangre lavaba los pecados. También puede entenderse por el agua la Pasión de Cristo. Pues echó agua en un lebrillo, esto es, imprimió en las almas de los fieles, por la fe y la devoción, el recuerdo de su Pasión. Acuérdate de mi pobreza, y traspaso, del ajenjo, y de la hiel (Lam 3, 19).

2º) Por aquello que dice: y comenzó a lavar, se alude a la imperfección humana. Porque los Apóstoles, después de Cristo, eran los más perfectos, y no obstante necesitaban de la ablución, porque tenían algunas manchas; para dar así a entender que aun cuando el hombre sea perfecto, necesita perfeccionarse más; y contrae algunas manchas, según aquello de los Proverbios: ¿Quién puede decir: Limpio está mi corazón, puro soy de pecado? (20,9). Pero estas manchas las tienen en los pies solamente. Otros, al contrario, no sólo están manchados en los pies, sino totalmente. Pues se manchan totalmente con las impurezas terrenas los que yacen sobre ellas; de ahí que quienes totalmente, en cuanto al afecto y en cuanto a los sentidos, estén apegados al amor de lo terreno, sean enteramente inmundos.

Pero los que están de pie, esto es, los que con el espíritu y el deseo tienden a las cosas celestiales, sólo contraen manchas en los pies. Pues así como el hombre que está de pie se ve obligado a tocar la tierra, al menos con los pies, del mismo modo, mientras vivimos en esta vida mortal, que necesita de las cosas terrenas para sustentación del cuerpo, contraemos algunas impurezas, al menos, por la sensualidad. Por eso el Señor mandó a los discípulos que sacudiesen el polvo de sus pies (Lc 9, 5). Pero se dijo: comenzó a lavar, porque la ablución de los afectos terrenos comienza aquí y termina en el futuro.

Así, pues, la efusión de su sangre está simbolizada por la acción de poner agua en el lebrillo; y la ablución de nuestros pecados, por la acción de haber comenzado a lavar los pies de los discípulos.

3º) Aparece también la aceptación de nuestras penas sobre sí mismo. Pues no sólo lavó nuestras manchas, sino que tomó sobre sí las penas debidas por aquéllas. Porque nuestras penas y penitencias no serían suficientes, si no estuvieran cimentadas en los merecimientos y en la virtud de la Pasión de Cristo. Lo cual se simboliza por aquello de haber limpiado los pies de los discípulos con la toalla, es decir, con el lienzo de su cuerpo.


NECESIDAD DE LA PERFECTA PURIFICACIÓN

Si no te lavare, no tendrás parte conmigo (Jn 13, 8).

Nadie puede llegar a participar de la herencia eterna y ser coheredero de Cristo, si no está purificado espiritualmente, pues se dice en la Escritura: No entrará ninguna cosa contaminada (Ap 21, 27); Señor, ¿quién habitará en tu tabernáculo? (Sal 14, 1); El inocente de manos y de corazón limpio (Sal 23, 4). Como si dijese: Si no te lavare, no estarás limpio, y si no estás limpio, no tendrás parte conmigo.

Simón Pedro le dice: Señor, no solamente mis pies, mas las manos también y la cabeza (Jn 13, 9)

Aterrado Pedro se ofrece todo él a ser lavado, turbado por el amor y el temor. Pues, como se lee en el Itinerario de Clemente, de tal modo estaba unido a la presencia corporal de Cristo, a la que fervorosísimamente había amado, que cuando se acordaba, después de la Ascensión de Cristo, de su presencia dulcísima y trato santísimo, se deshacía todo él en lágrimas hasta el punto que sus mejillas parecían abrasadas.

Es menester saber que en el hombre existen tres miembros principales que deben ser purificados: la cabeza, que es la parte superior; los pies, que constituyen la ínfima, y las manos, que ocupan un lugar intermedio.

Del mismo modo en el hombre interior, es decir, en el alma, está la cabeza, que es la razón superior, con la que el alma se adhiere a Dios; las manos, esto es, la razón interior, que se ocupa de las obras activas, y los pies, que son la sensualidad. El Señor sabía que sus discípulos estaban purificados en cuanto a la cabeza, porque estaban unidos a Dios por la fe y la caridad; y en cuanto a las manos, porque sus acciones eran santas; pero en cuanto a los pies, tenían por la sensualidad algunos afectos terrenos.

Mas temiendo Pedro la amenaza de Cristo, no sólo consiente en la ablución de los pies, sino también en la de las manos y la cabeza, diciendo: Señor, no, solamente mis pies, mas las manos también y la cabeza. Como si dijese: Ignoro si necesito la ablución de las manos y de la cabeza; Porque de nada me arguye la conciencia, mas no por eso soy justificado (1Co 4, 4) Por consiguiente estoy preparado a la ablución no solamente de los pies, esto es, de los afectos inferiores, sino de las manos también, esto es, de las acciones, y de la cabeza, a saber, de la razón superior.

Jesús le dice: El que está lavado, no necesita sino lavar los pies. Y vosotros limpios estáis (Jn 13, 10).

Dice Orígenes que estaban limpios, pero que todavía necesitaban mayor limpieza; porque la razón debe siempre emular carismas mejores, debe siempre subir a elevadas virtudes, brillar por el candor de la justicia: El que es santo, sea aún santificado (Ap 22, 11).


CÓMO DEBEMOS LAVARNOS LOS PIES LOS UNOS A LOS OTROS
Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros (Jn, 13, 14).

Quiere el Señor que los discípulos imiten su ejemplo, pues dice: Si yo que soy mayor, porque soy maestro y Señor, os he lavado los pies, también vosotros, con más motivo, que sois menores, que sois discípulos y siervos, debéis lavaras los pies los unos a los otros.

Por eso dice el mismo Cristo: El que quiere ser mayor, sea vuestro criadoEl Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir (Mt 20, 26.28).

Según San Agustín, todo hombre debe lavar los pies de otro, o corporalmente o espiritualmente. Mucho mejor es y más verdadero, sin discusión alguna, que uno lo haga realmente, y que el cristiano no se desdeñe de hacer lo que hizo Cristo. Porque cuando el cuerpo se inclina ante los pies del hermano, también se excita el sentimiento de humanidad en el mismo corazón, o si ya existía en él, se robustece dicho sentimiento.

Si no se hiciere de obra, debemos hacerlo por lo menos con el corazón. Pues en el lavatorio de los pies, se da a entender el lavatorio de las manchas. Lavas, pues, espiritualmente los pies de tu hermano, cuando limpias sus manchas, en cuanto de ti depende.
Esto se hace de tres maneras:
1º) Perdonándole las ofensas, según aquello del Apóstol: Sufriéndoos los unos a los otros, y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja del otro, así coma el Señor os condonó a vosotros, así también vosotros (Col 3, 13).
2º) Orando por sus pecados, como dice Santiago: Orad los unos por los otros, para que seáis salvos (St 5, 16). Este doble modo de lavar es común a todos los fieles.
3º) Pero el tercer modo corresponde a los prelados, quienes deben lavar perdonando los pecados con la autoridad de las llaves: Recibid el Espíritu Santo; a los que perdonareis los pecados, perdonados les son (Jn 20, 22- 23).
También podemos decir que con este hecho nos mostró el Señor todas las obras de misericordia. Porque el que da pan al hambriento, lava sus pies, del mismo modo el que le da hospitalidad, y el que viste al desnudo, y así en lo demás, socorriendo las necesidades de los Santos (Ro 12, 13).


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EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA

El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna (Jn 6, 55).

Este manjar espiritual es semejante al corporal, por cuanto sin él no puede existir la vida espiritual, lo mismo que la vida corporal no existe sin el manjar corporal. Pero además posee algo más que el corporal, porque produce, en el que lo toma, vida indeficiente, lo que no hace el alimento corporal; pues el que lo toma no está seguro de vivir.

En efecto, puede ocurrir, como dice San Agustín, que los que le comen mueran, ya de vejez, ya de enfermedad u otro accidente, mientras que el que toma este manjar y bebida del cuerpo y de la sangre del Señor tiene vida eterna, y por eso es comparado al árbol de la vida. Árbol de vida es para aquéllos que la alcanzaren (Pro 3, 18). También se llama pan de vida: Lo alimentará con pan de vida y de entendimiento (Eclo 15, 3). Por eso dice: vida eterna. Lo cual significa que quien come este pan tiene en sí a Cristo, que es verdadero Dios y vida eterna.

Posee vida eterna el que come y bebe, no sólo sacramental, sino también espiritualmente, esto es, no sólo tomando el sacramento, sino también llegando hasta la realidad del sacramento. Pues entonces está unido por la fe y la caridad a Cristo, contenido en el sacramento, de tal modo que se transforma en él y llega a hacerse miembro suyo; ya que este manjar no se convierte en el que lo come, sino que convierte en sí al que lo toma, según lo que dice San Agustín: “Soy manjar de los grandes; crece y me comerás; tú no me cambiarás en ti, sino que tú te transformarás en mí”. Por eso es un manjar que puede hacer divino al hombre, y embriagarlo en la divinidad. Grande es, por tanto, la utilidad de este manjar, porque da al alma la vida eterna.

Y yo le resucitaré en el último día.

Mas es también grande la utilidad de la Eucaristía, porque da la vida eterna al cuerpo. Por eso se añade: Y yo le resucitaré en el último día. Pues el que come y bebe espiritualmente, se hace participante del Espíritu Santo, por el cual nos unimos a Cristo con unión de fe y de caridad, y por el cual nos hacemos miembros de la Iglesia. El Espíritu Santo nos hace merecer la resurrección. El que resucitó a Jesucristo de entre los muertos, vivificará también vuestros cuerpos mortales por su espíritu, que mora en vosotros (Ro 8,11).

Por eso dice el Señor que al que come y bebe lo resucitará para la gloria; no para condenación, porque esta resurrección no sería provechosa. Con propiedad se atribuye tal efecto al sacramento de la Eucaristía; porque el Verbo resucitará las almas, mas el Verbo hecho carne resucitará a los cuerpos. En este sacramento no solamente está el Verbo según su divinidad, sino también según la verdad de la carne; y por consiguiente no es sólo causa de la resurrección de las almas, sino también de los cuerpos. Claramente se ve, pues, la utilidad de este alimento.

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1 Comment

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  1. No dejo de maravillarme con estos escritos , con la manera que se aborda cada momento , en este día tan especial !!!
    Doy gracias a DIOS , por el llamado permanente y por como se manifiesta en cada instante .

    Gracias por hacer de cada momento , de cada lugar y de cada lectura , algo único ….
    DIOS NOS BENDIGA ..

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